domingo, 19 de diciembre de 2010

Tenía todos sus días para adiestrarse el desnudo renacentista. Cada vez sabía más sobre su tacto, conocía nuevas sendas y maneras. Ella, siempre con ella, todos sus días. Se sabía afortunada sabía, que todos los que la miraban deseaban el cuerpo. Y sabía también que todos los que amasaban el cuerpo marchaban con la sensación, hueca y aturdida, de escalera de caracol. Por eso se esforzaba ella, toda su ella en contar las maneras, desgranar las pistas que ofrecer a la otra parte. Y siempre era igual. Fue enfermando de sola. Siempre la carne apretándose contra la columna comba y siempre la voz del a punto del casi del no. La voz del no, siempre, del hoy tampoco. Todos sus días con todos repletos de tampocos. El cuerpo, toda la suerte de ser el cuerpo condenado a la unidad.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Tic touché tac touché tic touché tac touché tic

Vuelvo a tí todo el rato. A la sorpresa del tiempo
ligero como la nieve bañando a Toledo con blanco
el mes que viene.
A tu perfil de moneda romana empeñada en la cruz,
decidiéndome.



También te acuerdas.
Teníamos miedo de decepcionarnos.




Yo te vuelvo todo mi tiempo. Y tienes los ojos como
las escaleras del faro yo
subo corriendo
para llegarte a la cumbre y aullar
toda la vida que me das cuando me domas
vientre abajo.




Con la sorpresa
de Cronos olvidándose de las grietas.




desdeltren

sábado, 27 de noviembre de 2010

y la fábrica de chocolate

Papá conducía; dije: no soy capaz de pensar en una canción que no exista. Seguro que sí, contestó, usa la imaginación, verás como puedes inventarte una melodía nueva. Todo el rato venían hasta mí las que ya había escuchado. A veces, pensaba que tarareaba algo completamente inédito, me subía la emoción hasta la frente y, de pronto, me daba cuenta de que había cogido partes de aquí y de allá para reinventarlo. Reinventar. Aquello era como un sofrito de ruidos de la noche anterior calentado en el microondas. En realidad ya está inventada toda la música. Claro que no, se reía papá, cuando yo compongo estoy creando cosas nuevas, que pueden sonar parecidas a otras, pero probablemente no ha habido nadie que las haya tocado como yo. Cómo puede ser, me aterroricé, que miles de millones de personas sean capaces de combinar sonidos de forma distinta no una, sino cientos de veces a lo largo de su vida. Cuántas posibilidades existen, dónde se guardan todas las canciones que se fabrican todos los días. ¿Y cuando yo me invento un cuento, no lo ha escrito nadie antes que yo?. Qué maravilla, ¿verdad?, me sonrió desde el retrovisor.

se dice bualler

Devoro con la mirada toda trama amorosa y en ella descubro el lugar que sería mío si formara parte de ella. (...) aunque su persona me sea indiferente, incluso desconocida; estoy aprisionado en un espejo que se desplaza y que me capta en todas partes donde existe una estructura dual.
Roland Barthes, Fragmentos de un discruso amoroso

Allí estaban , de pie junto al escenario del Jimmy Jazz. Él aún llevaba puesto el ego de líder de banda, su otra cruzaba los brazos, resuelta a cargar con la homilía ensimismada de aquel patán atractivo. Porque debía parecerle atractivo. Cuando se cansaba de hablar, sin apenas mirar a la cara redonda de la chica, se abalanzaba su lengua sobre la boca de ella y comenzaba a escarbar buscándole un qué sé yo en las entrañas que nunca encontraba. Qué más da. Retomaba su sermón, levantaba las manos, emulaba discusiones que habría mantenido con boludos a los que, por supuesto, venció. Nuevo ataque, lengua contra dientes, forcejeo, ella va cediendo abre la boca, deja que él se le cuele otra vez por el paladar. No había mucha luz pero observé que la chica usaba leotardos con rayitas de colores, y él usaba greñas. Tenía un tatuaje de penitenciario en el brazo derecho, un tatuaje de yotambiénquieroiralacárcel, papi. Hablaba-engullía-hablaba. (Yo) no soportaba su aliento a divo penetrándome por la nariz, ese sabor a cerveza a cambio de robarme sorbos de saliva. Pasar el brazo por debajo de su axila sudante de un éxito minúsculo. Así que hice vibrar mis cuerdas frente al micro, me salí, soy la hostia joder soy la hostia. Y voy a arrancarte con la boca cada línea coloreada sobre el muslo.
- Vaya cara de pasmo tienes -me acerca una voz al oído. Yo. Tan de golpe yo. Y ellos junto al escenario, de pie, ellos todavía.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Poesía

Men se ña ron que cual quier po e maes
sus cep ti ble den ten der se.
Que cuan do me sa len gri tos en
las le tras es toy fa bri can dohi pér bo les.
Que cuan doél de cí a po e sí aes
con dí a mu jer.
Que soy la si néc do que de no so tros.

Y era mentira.

sábado, 6 de noviembre de 2010

Quieta no quieta sola tú no


Multitud. Antonio Saura, 1982.



Puedes caminar sola. Dirigirte a-, sola. Pero no puedes sentarte sola. No puedes sentarte ahí sola y no hacer nada, no tener excusa. Saca un libro, llama a alguien, puedes, como último recurso, revisar los apuntes de clase. No puedes estar ahí sola no haciendo nada. Violentas a la gente, ¿es que no lo notas? les estás incomodando. Mirarte es verte contigo del todo y no has de mostrar que estás a gusto de esa manera. No es agradable, para, deja de exhibirte. Saca la libreta, escribe, enciende el portátil. Claro que puedes estar sola, pero no puedes hacerlo en público. Qué más dará que no tengas wifi, ahí viene otro, ¡disimula! mira a la pantalla, concéntrate. Porque si interactúas con objetos dejarán de percibirte sola. No les mires fíjamente al pasar, ¿cómo puedes no notarlo?, ¡vuelves a ser molesta!, sienten que hacen equilibrismos sobre pasarelas de moda delante de tus ojos escrutadores. No es que les importe quién seas, es que les importa quiénes son para ti. Mira al cielo con la nuca. Llévate el reloj de la muñeca frente a la cara en repetidas ocasiones. No permitas que te vean perdiendo todo el tiempo, van a creer que lo fabricas, dirán ''está haciendo tiempo''. Sabrán que esperas a alguien, que la tuya es una soledad transitoria, justificada. Como su caminar nervioso: no quieren que te confundas y creas que sólamente caminan. Es preciso que percibas que están dirigiéndose a alguna parte.



miércoles, 3 de noviembre de 2010

suena en inglés la canción que ellos bailaron en algún güateque






Dijo que el beso en la boca es
el gran símbolo de nuestra civilización.
Emblema del amor
cuerpo a cuerpo.
Y que comemos por la boca- por la boca consumimos.
Que cuando beso así
estoy consumiendo al otro,
estoy consumiendo el amor,
o amando el consumo.

Pensé que menudo ecologista estás hecho
devorándome como si fuera el último
bocado que le quedase a la tierra
.
ah. Y que no podemos dejar
de consumirnos
que no podemos dejar
que se nos consuma.

lunes, 25 de octubre de 2010

dos

(y a piel)


Hay días en los que él extiende su mano
sobre mí, debajo de mí
y se hace barco,
árbol, chimenea. Casa.
Otros, abro la boca y se mete dentro,
todo su cuerpo encajado en mi cuello.
Y me sabe la garganta a yogur
y a piel.

todo

Todas las cosas en las que no estás
y que no te pertenecen, no te reconocen, seguro, si vienes.
Como no reconocería yo tu tacto, hoy,
tu piel, creo que de mandarina,
creo que en los brazos.
Estaba en el autobús imaginando
que te sentabas a mi lado sin mirarme
y se me metía por la nariz el olor
que hace años me convertía en una fiera.
Yo no me inmutaba ya no habría
ninguna cima si nos tumbábamos en el suelo,
ni vino para que pudieras reírte de mí
y yo pudiera mirarte el culo.
Imaginaba
que me ponías la mano sobre la rodilla
descuidada
y yo no notaba los dedos que fueron tus dedos,
que estiraban mi vestido para que se fuera,
y enredabas con mis dedos para que dejara
de sentirme Una.
O que de repente me besabas sin permiso
(suelo imaginar que beso a extrañas)
y el nuestro era un beso de extrañas
porque ya no sabías morderme
la punta de la lengua justo
cuando yo la saco.
Aunque también te he imaginado sentándote
a mi lado en el autobús
sin decir ni mú, sin saber quién fui,
sin rozarme;
y he pensado que todo
eso que llamábamos todo
ya por entonces era
diminuto.

domingo, 10 de octubre de 2010

Javier

Le vio al final de la cola mientras esperaba el autobús, con una maleta de viaje, pequeña, la camisa bien planchada y zapatos brillando betún. Le reconoció porque, detrás de esa apariencia de hombre, Javier seguía siendo el adolescente pecoso y delgaducho que le había advertido, doce años atrás, de lo mal que besaba. Luego había metido la lengua, tímidamente, en su boca, y los dos se dedicaron a hacer círculos con los labios pegados hasta que aquella noria empezó a marearles. Y a aburrir. Nunca se quisieron, ni un poco solamente, pero a ella le encantaba que Javier le escribiera notitas en matemáticas y, sobre todo, que no le gustara su amiga Marta.
Estaba unas diez personas atrás, mirándoles a todos desde su metro ochenta y algo sin demasiado interés. Probablemente venía al pueblo a visitar a su madre, y viviría en una gran ciudad y se pondría esos zapatos para dar conferencias importantes. Se alegró de estar guapa, había pasado la noche con el tipo aquel del viernes anterior e iba bastante arreglada para la ocasión. Pensó que, de ese modo, a Javier le agradaría más verla, se sentiría orgulloso de haberle metido la lengua entre los dientes y la mano por debajo de la camiseta. Le frenó, nadie le había tocado ahí antes. ''¿Ni siquiera por encima del sujetador?'', ''Ni siquiera. Y no te rías, capullo''.
Javier la vio. Durante unos dos segundos, luego giró la cabeza hacia otro lado. Continuó, impasible, en su nube apática.
A ella no debió molestarle tanto. Él tampoco había sido importante en su vida. Pero Javier ya no era Javier, Javier era todos los niños que besó de adolescente, todos sus polvos de baño y sin nombre, todos los amigos que metía en su cama. Javier era todos los chicos y todos los hombres. Y no la miraba, no la deseaba, no la quería. Se giró bruscamente y, en apenas dos zancadas, estaba frente al pecoso de la maleta, que la observaba inquieto. ''Damos asco'', sentenció, y salió de la estación.
Después de un cigarro y medio supuso que el autobús debía haberse ido, con Javier y con todos sus fantasmas dentro. Así que marcó el número del tío con el que había pasado la noche.
- ¿Me quieres?-dijo nada más escuchar su voz al otro lado.
- ¿Cómo?
- Que si me quieres, un poquito.
- Ehm...no me ha dado tiempo, tía.
- ¿Eso significa que puedes llegar a quererme?
- ...Puede...sí, eso nunca se sabe, ¿no?
- Voy para allá. Y voy a enseñarte a que me quieras, ya verás, y no voy a ser un pedazo de carne y tú vas a ser lo más importante para mí no podemos dejar que se joda, ¿vale?, voy a darme de verdad y vas a tener que prometerme una cosa, ¿vale? ... ¿vale?

lunes, 4 de octubre de 2010

Azul eléctrico





azul
eléc
trico
me ha llegado
verde
yvio
lento
hoy, al buzón, por la mañana.
En un sobre blanco y grande,
desde una calle leonesa
con nombre de señor,
y por duplicado.

Como si
azul
eléc
trico
supiera que el verde
es mi color y que
iba a reventar
de ganas y que
tenía listos los nervios
en la raíz
del ombligo.

Y me he leído
enjau
lada
dentro de páginas
duras
que huelen
a curso nuevo.
Violenta,
felizmente enjaulada.

Julio no sabe,
aún,
que mi padre lo ha visto
y le ha llamado
'mi editor',
que se me ha llenado
la boca
de dientes
el vientre
de peces
los dedos
de letras
la cabeza
de Simone de Beauvoir.








(i) del revés.o sea (!)




martes, 28 de septiembre de 2010

Buenos días

Cerré el cajón de la mesilla, me tumbé sobre mi lado de la cama y empecé a chorrearme suero fisiológico encima de los ojos, abriéndomelos con dos dedos y obligándome a que entrara todo. Imaginaba mis globos oculares como dos esponjas, absorbentes, y el recorrido del suero atravesándome los nervios hasta llegarme al cerebro, hasta empapármelo. Cerré los ojos cuando no pude más, y entonces noté resbalar por mis mejillas aquellas lágrimas de mentira directas a mis oídos. Al sentarme se reorientaron hacia la barbilla y, justo en la punta-ella siempre muerde la punta de mi barbilla dice que le gusta tan picuda que parezco una bruja buena- se me formó una gota enorme que acabó cayéndoseme sobre los muslos. Por fin, con toda esa humedad humanizándome, empecé a reconciliarme conmigo.
Avancé descalza hasta el espejo y despegué las fotos de la playa. Tienen una luz perfecta de final de tarde, y yo estoy más buena que nuca con ese bikini. Ella sale siempre bien, con sonrisas que no pegan en las fotos porque no son sonrisa de foto. Y en la de arriba nos estamos besando, es patético follar en esta cama en frente de una foto en la que nos besamos, como poner una tele en la cocina y preparar un guiso mirando preparar un guiso a Arguiñano. Me alegré de estar despierta antes que ella, así no podría encontrarme el café recién hecho ni ese platito que decora con un surtido de galletas tan de hotel. Salí de la habitación. Había un cojín en el suelo del salón, junto al sofá, y recordé que había sido yo la que lo dejó caer anoche. Me molesta compartir sofá con tantos cojines, así no hay manera de estirarse para ver una película.
No tenía ganas de desayunar, así que regresé a la cama. Seguía dormida. Nunca se le abre la boca mientras duerme, ni siquiera babea a la hora de la siesta, y no ronca. Tiene una expresión tal de placidez que sé que jamás le saldrán arrugas en la frente. Yo estaba sentada a su lado, apoyé mi mano sobre su hombro y ejercí una ligera presión para tratar de despertarla. No reaccionaba. Moví su hombro, y con él todo su cuerpo, debajo de mi mano, más brusca. Ella entreabrió los ojos y dibujó una sonrisa pequeña con la boca. Quise besarla, pero me contuve.
- Deja de hacerme tan feliz.
- ¿Qué?
- Que dejes de hacerme tan feliz. En serio. Estoy harta.
- Qué mal despertar tienes...-y se rió muy bajito, lanzándome los brazos como dos tentáculos pegajosos sobre la espalda, tirando después de mí hasta quedarme pegada a ella, que me besó y dijo buenos días.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Autocastigo

- Es que no te entiendo.
- Es que no te pido que me entiendas.
- Pero yo quiero entenderte Nuria, joder, no me puedo quedar así sin saber qué te pasa qué ha pasado que no me estás contando porque no lo entiendo en serio no sé qué he hecho mal.
- ¿No os cansáis todos los tíos de preguntar qué habéis hecho mal cuando os dejo?
- Vete a la mierda.
- Estoy embarazada.

- ¿Qué?
- Vete a la mierda tú. No voy a repetirlo.
- No. Hostia, no, Nuria, no. No me lo puedo creer.
- Y voy a tenerlo.
- ¿Que vas a, que vas a qué?
- Te estás quedando sordo tío, y me estás poniendo histérica.
- No puedes tenerlo sin que lo hablemos, no es sólo decisión tuya. Joder. No entiendo cómo ha podido pasarnos, te juro que lo siento Nuria, qué cagada, de verdad, sabes que siempre he tenido un montón de cuidado, que no
- Cállate.
- ¿Cómo?
- No es tuyo. Cállate.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Lie with me

Fotograma de Lie with me


Dice Leila que los hombres amáis con la polla.
Y yo sé que no sólo con la polla.
Pero me encanta cuando me amas así
y me llegas al centro
de todo.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Mon enfant terrible

Tenía los dedos sobre las líneas del cuello,
se apretaba con las yemas la garganta
para notar aquella bola que le bajaba
y subía por dentro
empapada en su propia saliva.

Cuando se giró yo aún estaba sobre el colchón,
exhausto,
con la boca abierta poso del orgasmo
y el vello pegado a mi desnudez
por culpa del sudor y del semen.

Parecíamos dos enamorados, mirándonos
como si realmente quisiéramos sabernos más.
Creo que le dediqué una mirada algo paternal,
y que me devolvió una sonrisa de esas de medio lado
que hacen a los chicos malos tan sexys,
o a los sexys chicos malos.

Después cogió su paquete de tabaco de liar,
me preguntó si había ajenjo en esta casa,
algo de hachís, quizás,
o una pistola.

Se paseaba sin ropa por mi buhardilla y pensaba
-lo noté-que nos habíamos confundido de tiempo
y de ciudad, quería
que desayunáramos café sólo con hielo y limón,
que me manchara con sangre suya las uñas
al embestirle.

Supuse
que no me acompañaría a por el pan
para preparar tostadas,
y se decepcionaría en cuanto supiera
que soy feliz.

''No necesito un Rimbaud en mi vida'',
le dije.
Entonces se le instaló, de repente,
una ingenuidad estúpida en sus pupilas de sabio.
''Te juro que seré bueno''.



Arthur Rimbaud in New York (on subway), 1978-79. D. James Dee

lunes, 13 de septiembre de 2010

Hosanna Océano Mar


Ortigueira (i)




''El mar. Parecía un espectador, hasta silencioso, cómplice. Parecía marco, escenario, telón. Ahora lo veo y comprendo: el mar era todo. Ha sido, desde el primer momento, todo. Lo veo bailar a mi alrededor, suntuoso en una luz de hielo, maravilloso monstruo infinito. Él estaba en las manos que mataban, en los muertos que morían, él estaba en la sed y en el hambre, en la agonía estaba él, en la cobardía y en la locura, él era el odio y la desesperación, era la piedad y la renuncia, él es esta sangre y esta carne, él es este horror y este esplendor. No hay balsa, no hay hombres, no hay palabras, sentimientos, gestos, nada. No hay culpables ni inocentes, condenados y salvados. Hay sólo mar. Todas las cosas se han convertido en mar.''


Fragmento de Océano mar, Alessandro Baricco.




El Naufragio, Turner


sábado, 11 de septiembre de 2010

Le arrojó el aceite sobre la cara

porque la sartén era lo que tenía más a mano. Podía haber sido diferente, podía haber fruncido mucho los labios hasta hacerlos finísimos, o incluso no haberle dado importancia a la forma en que su hija le estaba hablando. Pero sabía que es preciso ser firme para educar, que las madres solteras acaban por dejar que sus hijas se crean sus amigas, y que eso es un error.

Así que se le llenaron los ojos de ira, agarró el mango de la sartén, que se elevó en el aire de la cocina como impulsada por un ímpetu divino, como siguiendo una orden superior a aquella escena casera y diminuta, giró su muñeca de la forma en que lo hacía en las pistas de paddel y empujó la pelota, mantén la vista fija en la pelota, sólo que en lugar de aquella bola amarilla un líquido sepia se estampó, junto a varios pedazos de merluza rebozada, contra el rostro de Patricia, quien apenas tuvo tiempo de cerrar instintivamente los ojos. La decisión de no denunciar a su madre tuvo que ver con el acuerdo al que ambas llegaron, por el cual ésta debía internarse en un psiquiátrico el tiempo que los médicos estimaran oportuno.

Ahora Patricia abre un sobre que no lleva nada escrito en el remite. Su madre le pide disculpas-Patricia recuerda el llanto histérico camino del hospital, la preocupación de su tía Marisa cada vez que sonaba el teléfono, obsesionada con que su hermana se fugase y pudiese ir a ver a la niña mientras ella y su marido trabajaban-, habla de ciclos superados, de reencuentros imposibles. Dice que los médicos están contentos, que ella está contenta, dice que su vuelo sale temprano, que nunca se perdonará.

Patricia deja caer la carta al suelo. ''Ella está contenta''. Busca en un cajón del armarito del cuarto de baño el espejo de mano que decidió, nunca supo porqué, conservar. ''Ella está contenta''. Lo aleja lo bastante como para que le quepa toda la cara en el reflejo. ''Ella está contenta''. Ahora son sus rodillas las que chocan contra el suelo, junta las manos, se desespera por recordar cómo rezaba cuando era una niña, pide con todo su corazón que ese avión se estrelle.









(Fotografía de Laura Makabresku)

jueves, 9 de septiembre de 2010

Fetichismo

1. m. Culto de los fetiches.
2. m. Idolatría, veneración excesiva.
3. m. Psicol. Desviación sexual que consiste en fijar alguna parte del cuerpo humano o alguna prenda relacionada con él como objeto de la excitación y el deseo.

él.



yo.






Yo no sé si sabría quedarme con qué lunar, con qué manera de estarme mirando, si con la cicatriz de pájaro, las venas que te trepan el brazo, tulenguadepunta tuspelosdeloco tu sexo, tu nariz. Tus muslos como piedras. Tus dientes tatuándome. Creo que no podría, yo no, hacer de un trozo pequeño de ti mi fetiche. Pero, ¿sabes?, los lóbulos de mis orejas están obsesionados con tus manos.












viernes, 3 de septiembre de 2010

cariño.

He decidido darte permiso
(como si pudiera yo darte permiso,
como si por escrito funcionase así)
para empaquetarlo todo y aplastarme
con kilómetros
si algún día te discuto mientras digo cariño-mi amor-mi vida.
Y pide explicaciones a esa
en la que me habré convertido
(que te diga dónde estoy, qué hizo de mí)
si-ya los pezones tristes ya tus ojeras crónicas-
me acostumbro a llamarte papá.

jueves, 2 de septiembre de 2010

El infinito es una cosa gigantesca

Nuestro encuentro, siempre, en el reposabrazos del sillón. Las cintas con tu voz y tu memoria. Maitechu mía, el toro con su luna. Las torrijas, las patatas en su punto en la tortilla. Mi vaho limpiándote los cristales de las gafas para ver de cerca, tus carcajadas con sabor a Cinco Estrellas y humo de Malboro. Demasiado pronto para contarte aquí, en cualquier sitio. Me dueles, me tranquilizas. Todos los homenajes que van a quedarse diminutos. Todo lo que no va a terminar de pasar nunca.

XXV

Recuerda que tú existes tan sólo en este libro,

agradece tu vida a mis fantasmas,
a la pasión que pongo en cada verso
por recordar el aire que respiras,
la ropa que te pones y me quitas,
los taxis en que viajas cada noche,
sirena y corazón de los taxistas,
las copas que compartes por los bares
con las gentes que viven en sus barras.
Recuerda que yo espero al otro lado
de los tranvías cuando llegas tarde,
que, centinela incómodo, el teléfono
se convierte en un huésped sin noticias,
que hay un rumor vacío de ascensores
querellándose solos, convocando
mientras suben o bajan tu nostalgia.
Recuerda que mi reino son las dudas
de esta ciudad con prisa solamente,
y que la libertad, cisne terrible,
no es el ave nocturna de los sueños,
sí la complicidad, su mantenerse
herida por el sable que nos hace
sabernos personajes literarios,
mentiras de verdad, verdades de mentira.

Recuerda que yo existo porque existe este libro,
que puedo suicidarnos con romper una página.


Luis García Montero,
Casi cien poemas

miércoles, 11 de agosto de 2010

La vieja sirena

''Se interesaba especialmente -no sabía desde cuándo porque ellas ignoran el tiempo- por aquel gigantesco animal parecido a un mejillón, con su extremo frontal puntiagudo, y por las crías que parecía llevar sobre su lomo. Era un animal de superficie, incapaz de sumergirse, pero en cambio sus crías se hundían a veces en el agua, divirtiéndose en coger coral y esponjas. Poseía una gran aleta dorsal extrañamente colocada de través, que a veces plegaba quedándose el animal inmóvil. Entonces solía desprender un largo filamento con una uña al extremo, medinte el cual se agarraba a alguna roca o a la arena del fondo. Otras veces despedía toda una trama de filamentos en los que se enredaban los peces que, al replegarse ese extraño órgano, desaparecían en el vientre del animal, seguramente por cosntituir su almento. Por su enorme tamaño parecía congénere de esas ballenas descritas por alguna sirena viajera procedente del lejano oeste, allá donde las Columnas de Hércules.

Las crías no tenían caparazón alguno. Eran casi blancuchas, inermes, vulnerables, algo mayores que una sirena y, sobre todo, increíblemente torpes. Constantemente habían de asomarse fuera del agua para volver a sumergirse y eran muy malas nadadoras porque, si bien su torso era como el de los tritones, con cabeza y brazos, en cambio de la cintura para abajo les faltaba la cola indispensable para moverse eficazmente. En vez de ella movían acompasadamente dos apéndices, pero sin eficacia, pues el agua se escapaba entre ellos en vez de impulsarles con su resistencia. Fijándose bien, entre esos apéndices mostraban además una minúscula colita, con una bolsa adyacente, sin duda un germen -pensaba la sirena- de su futura cola natatoria, cuando su crecimiento les llevara a una fase intermedia, como la de otros animales marinos antes de poseer el gigante caparazón de adultos''.

Fragmento de La vieja sirena, José Luis Sampedro




Ser capaz de no perderte un detalle de cuanto te rodea, ni siquiera de cuanto te rellena las tripas o el cráneo. Ser capaz, al tiempo, de abandonarlo todo, de transformarlo todo, de despojarte de tu percepción diminuta del mundo. De sorprenderte. Saber contarlo. Supongo que eso es ser escritor. Y Sampedro es ESO.

martes, 20 de julio de 2010

Estabas al otro lado,






esté donde esté el otro lado, de mi teléfono móvil. Tenías la voz en cuclillas para no molestarla, ella dormía la sobremesa en el sillón.

No era capaz de identificar la pulsión que te había llevado a marcarme sobre la pantalla táctil, pero fui feliz: me ofrecías en exclusividad todas tus risitas, que adoptaban forma de susurros; construías aquellas frases sólo para contarme. Tu casa, seguro, se mantenía en suspensión sobre el instante en que te decidiste a llamarme (imaginaba la prudencia de la cafetera, achicharrada por las llamas, sin querer silbarte auxilio por no interrumpir. Mis CornFlakes se estaban haciendo papilla, dóciles, sumergidos en leche templada).

Yo no encontraba el papel en el que me había preparado argumentos con los que tratar de arrancarte una de cine, un polvo, un helado. Me quedé un rato callada (piensa, piensa, vamos, tiene que ocurrírsete algo de lo que hablar), esperando que tú tuvieras muchas cosas que decirme. Como también te callaste, tuve miedo de no estar resultando lo bastante interesante. Entonces dijiste algo así como que era bonito todo el silencio que me rodeaba, que te gustaba escucharme respirar.

Y sin embargo colgaste en dos minutos. Creo que escuché un bostezo suyo. Te estaría mirando desde su desperezarse lánguido y sentirías el impulso súbito de abrazarla, o la culpa ensuciándome la voz, la no voz, incluso. Pero podías haber dicho algo, haberte despedido en condiciones. Sabrías inventar un montón de excusas, seguro que sabrías cómo hacerlo.

Creo que prefiero que no vuelvas a llamarme. Toda tu realidad, escapándoseme, se hizo humo denso en mi nariz y en mis pulmones. De madrugada me dio un temblor que no se curaba con mantas, y me enfrasqué en construcciones mentales de sus piernas, convertidas en anacondas brillantes, reptando por las tuyas. Anacondas rodeándome el cuello hasta oírlo decir crack.







(foto de Makabresku)

martes, 13 de julio de 2010

Sabías de sobra que ella iba a

bajarse las bragas despacio, metiéndose las manos por debajo de la falda en un intento torpe por que no vieras nada. Sabías que cuando estuvierais solos se le iba a olvidar esa forma lasciva de mirarte, iban a notársele los diecisiete. Los juegos de seducción que te había dedicado durante meses, llenándote la cabeza y la bragueta de fantasías, quizás no eran más que ensayos para su manual de coqueteo, quizás sólamente un reto.

No eras de los que se limita a soltar su verborrea en clase y corregir exámenes. Tú te preocupabas por conocerles, les buscabas en el patio para saber qué tal iban las cosas en casa, medías el tiempo de manera que siempre quedase espacio para preguntas y debates. Con ella también habías sido atento. El primer día de clase le adivinaste el relleno del sujetador debajo de la camiseta.

Recogiste las bragas del suelo. Estaban echas un burruño delante de sus pies. Al agacharte respiraste con discreción sus piernas, y ese olor suave a sexo adolescente. Ella bajó la mirada hasta tus manos, curiosa e inquieta por saber si tocarla entraba en tus planes. Tú te levantaste despacio, a menos de medio metro de ese cuerpecillo inmóvil. Tenía los labios rojísimos por culpa de la piruleta, y se los humedeció con la lengua en cuanto te tuvo en frente, simulando pudor en su descaro.

Habrías devorado su ropa interior en cuestión de segundos, habrías exprimido su olor y te recorrerías toda la piel con ese pedazo de tela. Y lo habrías hecho delante de ella, que podría haber salido corriendo, pero también podía ser que se excitase.


- Vete.
- ¿En serio?
- En serio.
- ¿Me las devuelves?
- No. Y no voy a quitarte el ojo de encima durante el resto del día. Te advierto que suelo saber de qué color son tus bragas cuando cruzas las piernas en clase.




(11, Laura Makabresku)

Silvio sueña con Serpientes


Pero no es eso.
No sé qué tienen todas estas caras. Además, claro, del blanco y el negro. Querría empapelarme la pared con ellas. Creo que las quiero, que quiero a todas estas caras porque no puedo querer a estas personas. Y de verdad que me gustaría, que quiero que cubran mis cuatro muros y me vigilen, vigilarlas (cuidarlas, que me protejan).

jueves, 1 de julio de 2010

''me toca el cuarto grande''













Hoy nos hemos mudado de habitación. Ha puesto un disco de reagge y se ha afeitado tanto que parecía un quinceañero. El suelo tenía pelusas gigantes que nos trepaban los tobillos, yo las he barrido mientras bailaba subida al sofá. Sabía perfectamente que estaba detrás y que me miraba el culo antes de que se haya acercado. Cada rincón del cuarto nuevo me parecía una invitación a la lectura, al sexo, a las pelis, al descanso, a la intimidad.

Luego hemos vuelto a la habitación de hacía un rato (primer pasillo todo recto, segundo pasillo a la izquierda). Al hueco de la cama, a los trastos amontonados sobre la mesa vieja. Me he arrinconado sobre las baldosas que le corresponden a la almohada y me he concentrado un rato en la pena. Él se ha agachado hasta mis piernas, acariciándome con el olor a limpio de la mejilla casi suave.

Me ha preguntado si quería papel y boli. Después he escrito cursiladas sobre cómo cada habitación tiene su historia, y he hecho una especie de lista que iba desde el jefe Joseph, manco de chinchetas, hasta los martillazos para construirnos el somier, pasando por su carta mientras yo dormía. He pensado que siempre estoy fea en las mudanzas. Y que soy estúpida por aplastarme como un insecto contra la pared, como si ella pudiera devolverme el abrazo.

Cuando le he pedido que me resumiera esa habitación, ha dicho que la ha sentido nuestra. Y yo sé que no ha sido mi cuarto. Y también sé que tiene razón.

domingo, 27 de junio de 2010

Fotografía incontable

Ahora pasa una gran nube blanca. Como todos estos días, todo este tiempo incontable. Lo que queda por decir es siempre una nube, dos nubes, o largas horas de cielo perfectamente limpio, rectángulo purísimo clavado con alfileres en la pared de mi cuarto.

Fragmento de Las Babas del Diablo, Julio Cortázar


 








Si esto puede sonar, sonó así:
(a Cortázar, pero también a amor)


jueves, 24 de junio de 2010

Por culpa de Rodin

pienso en la piel fría, en el orgasmo frustrado, en la herida del labio auto-mordido.

Se me antoja que todavía gritan pidiendo auxilio. Que no pueden soportar estar muertas siendo tan arrebatadoramente bellas. Tanta quietud frenando el insoportable impulso de la acción. Que suplican juntar los labios, notar los latidos contra el rostro, empaparse de los dos, retorcerse hasta llenar todos los huecos, tornando la rígida dureza a carne blanda que se aprieta contra carne blanda.

miércoles, 23 de junio de 2010

Destriparse

''Ni tan arrepentido
ni encantado
de haberme conocido''
'Y sin embargo', Joaquín Sabina

A lo mejor no queda otra que acostumbrarse al chillido del yunque, al miedo, inagotable miedo de la no fuerza. A las nostalgias crónicas y a las súbitas, al mareo, al puño incrustante, incrustado de uñas antes del examen. A la incomunicación, los embates de ira, las reminiscencias de adolescente incomprendida. Quizás deba gustarle decir siempre 'de' después de 'casa', haberse librado de ese convencionalismo estúpido del cuarteto. Lo suyo es que asuma que es aburrida, que no ha leído tanto y que no leerá lo suficiente. Que deje de enfadarse si descubre que prefiere a Sabina en el altavoz (sin saltos ni toros ni putas ni Atleti), o que no sabe contener la pena inopinada, o que es jodidamente pedante. Seguro que es más fácil perdonarse lo frágil, que baste de pelear con aviones con casis con celos con números con la finura de todas sus pieles. No alimentar más la culpa del viaje de la llamada de los cuernos de los quince del pudor del exhibicionismo. Reconciliarse con su estúpida su tímida su sosa su trágica su decepcionante su cobarde. No quererse tanto que crea que puede, que debe ser mejor. No parapetarse tras el lenguaje.

miércoles, 9 de junio de 2010

La cita

Las escaleras mecánicas sonaban a hojalata de barraca arañada con un tenedor. Nunca había dado con la explicación de que se formen torbellinos a la entrada -a la salida- del metro. Y nunca le había importado. Pero hoy era vital no estropear el peinado.

La falda de flores diminutas y moradas bailaba sobre los muslos. El viento le erizó los poros de las piernas, y la escena le recordó a alguna película que no había visto. El maquillaje de los párpados entorpecía, pegajoso, el pestañeo fluidísimo brillante y oscuro. Esa mañana el agua de la ducha había salido muy fría. Pero no pasa nada, respiró tres veces seguidas hinchando el diafragma; no pasa nada.

Ya en el vagón, abrazó la barra azul que le hacía sentirse como una stripper. Tuvo ganas de girar en torno a ella, de subir y bajar con su lengua tragándose todas las huellas dactilares del día. Hoy no, hoy eres una dama, y frunció el rosa de los labios acomodándose en la exquisita apatía ensayada en el rostro. Así, casi casi, parecía una más.

Próxima parada, la suya. El estómago se agitaba debajo del vientre como si alguien estuviera haciendo la colada ahí dentro. No vayas a echarte atrás.

Escuchó sonar su móvil. Titubeó un poco al responder:

- ¿Sí?

- ¿Jaime?, soy mamá... ¿dónde andas?

- Lleeee...gando, creo, ¿por?

- Me vas a perdonar, de verdad, pero es que me han traído otro tochazo de papeles y lo arreglo ahora o mañana no me da tiempo. ¿Te importa si nos vemos otro día?

- Bueno, es que te dije que-

- Ya...si sé que era importante, pero seguro que puede esperar, ¿a que puede esperar?



***

Junto a la boca de metro hay un Peugot gris con el motor apagado. Dentro, Lourdes se muerde las uñas pegada a un teléfono móvil. Cuando cuelga apoya las manos sobre el volante. Los ojos cascada y a la barbilla temblona como cuando tienes mucho frío. Vuelve a marcar, esta vez para llamar a su marido.

- No he podido, Gonzalo.


Y Gonzalo no le dice que Lourdes, joder, es nuestro hijo, ni le dice tampoco que Lourdes, joder, es nuestra hija, ni le dice todos los insultos que se le ocurre decirle. Gonzalo le dice claro, amor, no tengas prisa.


***




Las escaleras mecánicas sonaban a hojalata de barraca arañada con un tenedor. Se arrancó la peluca y odió la tela fina de la falda, embrutecida por el huracán de salida.

miércoles, 2 de junio de 2010

Clitemnestra

Ya me conozco la aguja, los hilos y el canturrreo.
Ya la coreografía de los ojos, el espejo confirmando
que estoy lista.
Las personas que no eres,
los autobuses que no te traen.


La imaginación y sus trampas,
el resoplar
y al final,
correr las cortinas
perder la mirada
tejerte.




***********


''A veces
Escribir un poema se parece a un orgasmo:
mancha la tinta tanto como el semen,
empreña también más en ocasiones.
Tardes hay, sin embargo,
en las que manoseo las palabras,
muerdo sus senos y sus piernas ágiles,
les levanto las faldas con mis dedos,
las miro desde abajo,
les hago lo de siempre
y, pese a todo, ved:
¡no pasa nada!
Lo expresaba muy bien César Vallejo:
''Lo digo y no me corro''.
Pero él disimulaba''.

Ángel González

lunes, 10 de mayo de 2010

Foto: Sergei Bizyaev
Entierro las yemas en lo profundo se me llena el hueco de las uñas de arena me diluvio aprieto ni por esas me crecen las raíces.
Tengo los pies de mudanza arañando el plástico de cada invernadero.

sábado, 1 de mayo de 2010

Carne trémula



He estado mirando la foto
que nos hicimos imitando
la portada de Almodóvar.
He visto en ella las estrías
el vello oscuro
los puntos negros
mi cardenal redondo.
Me he notado ancha,
te he notado flaco.
Conservo en la foto
la marca del tanga,
y tengo más culo que tú.

Nuestra portada está llena de carne.

Tu sexo halla en mi vientre
el cobijo exacto.
Debajo de nuestros cuerpos
sin ropa
están la sábana las prendas desprendidas lo húmedo.
He respirado la foto
y me ha olido a nosotros
tiernos, salvajes, intensos.
Me ha olido intenso a nosotros.
He recordado tu boca en mis pies,
la mía en tus piernas,
tu brazo estirado para retratarnos
así:
con la carne quebrada,
grasa, seca, sucia.
Así: con la piel que acaricia,
suave, tersa, deliciosa.

domingo, 25 de abril de 2010

Este tiempo que nos pesa

o nos apremia no existe.
O existe y no logro entenderlo.

Te conté, entre tus patatas fritas
y mi gazpacho sabor comedor,
que estaba pensando en eso del Hoy. Dije:
No existe nada más que ahora.
Esa idiotez a la que llamamos pasado se fué
en el instante después de pasar.
Y eso del futuro ni existe
ni existirá nunca.
Se hará hoy, será ahora, y después nada.

Me preguntaste, secándote los labios
después de un trago de agua,
qué entendía por instante.
Me previniste: te voy a descolocar más. Dijiste:
Ahora no existe tampoco.
Se está consumiendo al tiempo que es.
Y ya no es. Y todavía no es el próximo segundo,
si es que nos atenemos a ese invento,
tonto y nuestro,
de acotar el tiempo en segundos.

Tiempo (tiempo) de postre. Natillas con galleta.
Hablamos de los mayas y me dio mucho vértigo
eso de caminar de espaldas al futuro
(que no existe),
nostálgicos crónicos mirando al pasado
(que no existe).

Nos levantamos de aquel barullo
de universitarios con las bocas llenas de
ruido y comida.
Y pensaba, agarrada a tu cintura,
en nuestro viaje a Toledo (que no es. Pero las fotografías),
en la cicatriz de mi mano (obcecada en seguir siendo,
evidencia de que hubo otro tiempo),
en el imen que no tengo.

Y se me ocurrió escribir
un estúpido poema
(de esos míos tan prosísticos)
para tratar de entenderlo mejor.
Y se me acaban las líneas
pero continúa el vértigo.




domingo, 18 de abril de 2010

Cartas a Milena


Ya desde el primer renglón
jugué a hacerme la despistada.
Y les hablaba a todos
del pudor que me invadía
al leer tus cartas
para Ella. Sólo para Ella.
Y qué hago yo
en medio de tu firma
que se ha reducido a 'Tuyo'
y no te refieres a 'mío'.

Pero quiero confesarte algo,
Franz,
ahora que no puedes enfadarte:
soy una voyeur hambrienta,
''y en ese momento no es a ti quizá a quien amo, sino a ese destino que me has regalado''.
El lenguaje es una piel: yo froto mi lenguaje contra el otro. Es como si tuviera palabras a guisa de dedos, o dedos en la punta de nuestras palabras. Mi lenguaje tiembla de deseo. Por un lado, todas esas palabras subrayan discretamente un único significado: ''yo te deseo''; y lo alimentan lo ramifican lo hacen estallar...por otro lado envuelvo al otro en mis palabras, lo acaricio, lo mimo...


Fragmentos de un discurso amoroso, Roland Barthes

sábado, 17 de abril de 2010

'Travesuras de la niña mala'

página 375. última palabra: bueno. segundos antes, mi mano sobre los párrafos finales, porque mis ojos siempre se intentan adelantar hasta las líneas que cierran la novela. a veces lo consiguen y me enfado muchísimo. se acabó. esta sensación, de una pena contentísima, en mí no es muy habitual. ya sé que soy demasiado exigente con los finales. y este tío no es creíble. y qué. ahora 'huachaferías' es una más de mi diccionario. y tú dices que quiero ser peruana. y que me gusta escribir sobre sexo. pues ahí va: los buenos finales en los libros me recuerdan muchísimo a los orgasmos.
(y quizás eso de adelantarme a las últimas líneas sea como fingirlos. sí)
La tarta de queso es porque sí, claro. es porque tú.

lunes, 12 de abril de 2010

El chico de la cafetería



Ese chico de la cafetería de la facultad ni siquiera se dio cuenta de cómo le miraba. Estaba absorto en su pedazo de periódico, al que, a juzgar por su delgadez, debían de faltarle al menos la mitad de las páginas. De vez en cuando, echando una ojeada furtiva hacia la mesa, atinaba a coger su vaso blanco de café y se lo llevaba hasta la boca para darle un sorbo. Ella no tenía clase hasta las cinco y había decidido llenar esos tres cuartos de hora con una caña de chocolate y zumo de melocotón. Además, todavía le quedaban ochenta páginas del libro que estaba leyendo. Se sentó en una de las mesas que tiene ventanal, esas que dan al césped de la parte trasera del edificio. Apenas abrió la novela se le clavaron los ojos en él. Su parecido con Fer era asombroso. Quizás por la mirada, un poco rasgada sin llegar a ser oriental, de color miel oscura. Pero no se trataba sólo de eso: aquel chico llevaba un corte de pelo idéntico al de su novio, y el tono era muy similar.

Lucía miraba al desconocido del periódico arrugado y se pensaba pasándole los dedos a Fer por los mechones de la nuca, impregnándose de toda esa suavidad y del olor a Fructis de Garnier. Se fijó también en su nariz, respingona sin llegar a resultar femenina. La de Fer puede que fuera, quizás, algo más ancha por arriba, pero sin duda se parecían un montón. Los labios del chico de la cafetería eran un poco más gruesos que los de su novio, y apenas abría la boca para dar esos pequeños tragos al café, así que Lucía no consiguió verle bien los dientes. Pero, por lo que intuía, también esa boca era extraordinariamente parecida a la que había besado anoche. Pensó en cuánto le gustaban los besos de Fer, en sus mordiscos, en su manera entrecortada de reírse. Y sintió una curiosidad inmensa por saber cómo se reiría su cuasi-doble de la facultad. Cuando miró el reloj de Fanta de la pared se percató de que había pasado cerca de media hora sin hacer otra cosa que mirarle. Se ruborizó, clavó la pajita en el brick de zumo y trató de concentrarse en la lectura.

A las doce y treinta y tres Fer le recorría el vientre con la lengua. A y treinta y cinco entró en ella, y gemía al lado de su oreja haciendo ruido todo su placer. Lucía se ahogaba, fruncía el ceño, le apretaba fuerte la espalda con los dedos.

-Enciende la luz- le pidió, casi suplicando.

Él se levantó de la cama, pulsó el interruptor y regresó con cara de seductor. Lucía abrió bien los ojos, se esforzó por no cerrarlos un instante, reconoció la cara y el cuerpo de Fer sobre su cuerpo. Sólo así consiguió dejar de hacer el amor con el chico de la cafetería.

sábado, 10 de abril de 2010

Lira 4

















Quiero una habitación pequeña para que los cuadros no se me pierdan en medio de tanto blanco.

Quiero azulejos con flores azules en la cocina. Y un brasero en el salón. Y un pasillo por el que lanzarnos la pelota...fiuuuuuuuuu, de un extremo a otro.

Quiero ver tus pósters de Leonor, tu cuarto de revista de decoración. Nuestro balcón de procesiones y vecinos. Los naranjos y la calle vestida de dorado.

Quiero que mi acento sea gracioso, que nos cuentes que Miguel es un capullo, y burlarme de tus cenas de fruta.

Y café por la mañana y Padre de Familia y ''espera que yo también voy al DIA'' y picnic de azotea y mesa de estudio examinil y Kaper Raber y León de San Marcos y hasta ventilador a medio metro del cuerpo empapado y sin ropa que no se consigue dormir en mayo. Casi casi hasta vecina loca. Casi, he dicho.

sole


miércoles, 7 de abril de 2010

Hoy les veo como a muertos inminentes les sonrío me proyecto en sus arrugas me estremezco

domingo, 4 de abril de 2010

.

Hay una parte en mí tan
totalmente terrenal,
tan de estar por casa,
tan de cualquier barrio.
Esa parte que no cambiaría nada
de las señoras cotilleando
mientras compran el pan;
esa que, encantada,
tararea canciones de Zahara
la popera. Y se sabe varias letras
de memoria.
Hay un algo en mí que se cansa
de buscarle a todo
su aquel
su más allá
su trascendencia.
Tengo una parte que disfruta
hablando de recetas,
de amores y de rupturas,
de tender la ropa.
Soy muchos ratos una de esas,
que no quiere en este instante
poesía.
Ni rimar ni ser distinta.
Ni ser distinta.

Clases de baile



































En sujetador,
asomada a la ventana queriendo
respirar toda la lluvia,
apoyo en mi puño la barbilla
y me recuerdo a alguna
postal.

Te pienso ayer,
con la ocurrencia perfecta
de que ensayáramos pasos de baile,
para que luego todos
se asombren en las fiestas.

Te pienso sonriendo
tú también,
a esta lluvia que disfraza
a agosto de septiembre.

Septiembre que nos llega
juntos.
Que nos llega anunciando un viaje,
y con tiempos que repartir
entre apuntes, besos, exámenes,
y clases de baile.

jueves, 25 de marzo de 2010

Llorona

Elena era una auténtica llorona. En su familia todos lo sabían, y no se conmovían por su llanto dulzón al abrir los regalos de reyes. Desde niña le dio por llorar casi por cualquier cosa, así que sus padres fueron comprendiendo que sus quejidos no significaban, necesariamente, ni 'sueño' ni 'comida'. Pronto, Elena desarrolló la habilidad de continuar haciendo lo que fuera mientras se empapaba las mejillas.


Llorar viendo el telediario no hacía de ella alguien especial. Tampoco la hacía distinta el llanto de después de rajarse el dedo con el cuchillo mientras cortaba zanahoria, ni el de El jardinero fiel, ni el de las despedidas al filo de un andén en la estación. Pero Elena lloraba cuando aprobaba un examen (y cuando lo suspendía), y mientras le daba ochenta céntimos al señor que tocaba canciones de Guns N' Roses en el metro de Sol (notaba la incomodidad de aquel hombre, que se sentía humillado cuando ella se acercaba compungida hasta la funda de su Ibanez). Lloraba al perder el autobús y también cuando hacía mucho frío.

Tenía los ojos enrojecidos y la cara mojada, pero trataba de limpiarse las lágrimas para poder seguir leyendo. Marta se fijó en ella desde lejos, al verla sentada en aquel banco de piedra y descompuesta frente a un poemario de Luis García Montero. Le atrajo como un imán, y cuando estaba lo bastante cerca dijo: ''no me creo que puedas ponerte tan triste leyendo Completamente Viernes''.
Quedaron el viernes siguiente, y al otro, y después llegó el fin de semana y Elena lloró tras hacer el amor por primera vez. Marta se había acostumbrado a su constante gimoteo, y ella se esoforzó por demostrarle que adoraba cada día que pasaban juntas. Después de un par de meses en los que los besos sabían siempre a costa, Elena empezó a notar que, en ocasiones, pasaba días enteros sin derramar una lágrima. ''Creo que me estoy enamorando de ti'', le tiritó. Marta la abrazó fuerte, con tanta emoción que notó cómo se le humedecieron los ojos. Al verla llorar, Elena también lloró. ''Creo que me has contagiado'', sonrió Marta.
[Foto: Man Ray]

Aurora


La vieja Aurora permanecía estática bajo el techo curvo de la parada de autobús. No le quedaba casi cara tras las grietas, ni cuerpo dentro de ese pellejo enlutado. Su pelo graso se disponía en mechones sobre esa cabeza cansada, con formas onduladas que emulaban lo que un día pudieron ser tirabuzones. Si escarbabas entre sus despobladas cejas y los hoyos que formaban sus ojeras, intuías unos ojos negros como su vestido, enmarcados por un blanco amarillento. No quedaba rastro alguno de sus labios, que empezaron a esconderse para mirarse las entrañas el mismo día en que desapareció Salvador.


Salvador y Aurora se conocían desde niños y se casaron siendo niños todavía. No habían tenido hijos, así que pudieron dedicarse a quererse sólamente el uno al otro. Él conducía un autobús moderno y rápido, y en los más de treinta años que trabajó en la empresa no tuvo ni un sólo accidente. Los que cogían a diario la línea 122 le saludaban cariñosos, y él respondía con el mismo afecto a todos. Aurora estaba muy orgullosa de Salvador, y Salvador se mató en la vía de servicio, volviendo del trabajo con un compañero. No conducía, pero se llevó la peor parte en el choque contra aquella furgoneta, cuando el coche en el que iba se saltó el semáforo.


En el pueblo, los más jóvenes la llamaban 'la loca del bus'. Los más viejos, Doña Aurora. Ella se presentaba como Señora de Gómez, y en su mano brillaba, siempre limpio, el anillo de bodas. Cada vez que se acercaba uno de esos autobuses tan modernos y tan rápidos, todos los conductores de la empresa, fuera cual fuera el que estuviera haciendo esa ruta a esa hora, saludaban con la mano a la vieja Aurora al pasar. Cuando había gente esperando al 122, Aurora aprovechaba la apertura de la puerta delantera para decirle al conductor que tuviera cuidado y recordarle que le esperaba para cenar.


Si escarbabas entre sus despobladas cejas y los hoyos que formaban sus ojeras, descubrías dos ojos de un negro azabache brillante, una mirada temblorosa cargada de amor. Y ese simulacro de labios construía una sonrisa, la sonrisa más bonita de la vieja Aurora.

Regalo


De primero: cursis en la cama

Te despiertas y me dices
que no se te ocurre una forma mejor
de hacerlo
que viéndome sonreír.

Y yo estaba sonriendo
por tu pelo rizadísimo de las mañanas,
porque sé cuánto café vas a servirte,
por tus dedos resbalándome,
anoche.

Vuelves a cerrar los ojos,
como quien regresa a la carrera
a despedirse
de los personajes de un sueño.

Te acurrucas a respirarme
el cuello,
yo hago un nudo con mis piernas
en tu espalda.

Los trozos de ventana sin persiana
se nos cuelan por debajo de la manta y
te espabilan

tu abrazo se hace más fuerte,
mis besos más mojados,
y nos amoldamos al otro
como dos piezas de un puzle.