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viernes, 7 de enero de 2011

berührbar

Me enamoré de él queriéndote muchísimo. Traía el café como tú, cada mañana; sin mediar palabra llegaba hasta mi mesa haciendo malabarismos que olían a nueve y media. Con esos ojos de querer arrancarme el sujetador con la boca. Yo abría el correo; tú, tu teclear lacónico a dos dedos, me contabais que anoche unas cervezas con Max y hoy libre a partir de las cuatro. Por ejemplo. Ein dicker kuss. Pero los besos por escrito no llegan a su destino, ya sabes.

Todo el calor del café de regalo. Como todo lo que me traía. Todo caliente, todo de regalo, tienes que entender: él, cada vez menos él, cada vez más parecido a lo que me quedaba de ti (tienes que acordarte: una vez fue tangible). La oficina se hizo nuestra casa. Yo me despertaba con el nudo del ombligo agigantado pensando en vuestros ojos de querer disolverme con saliva. Fue dejando de importarle que usara tu nombre para decirle mientras follamos. Tienes que comprender; todos se besaban en la calle.

jueves, 25 de marzo de 2010

Aurora

La vieja Aurora permanecía estática bajo el techo curvo de la parada de autobús. No le quedaba casi cara tras las grietas, ni cuerpo dentro de ese pellejo enlutado. Su pelo graso se disponía en mechones sobre esa cabeza cansada, con formas onduladas que emulaban lo que un día pudieron ser tirabuzones. Si escarbabas entre sus despobladas cejas y los hoyos que formaban sus ojeras, intuías unos ojos negros como su vestido, enmarcados por un blanco amarillento. No quedaba rastro alguno de sus labios, que empezaron a esconderse para mirarse las entrañas el mismo día en que desapareció Salvador.


Salvador y Aurora se conocían desde niños y se casaron siendo niños todavía. No habían tenido hijos, así que pudieron dedicarse a quererse sólamente el uno al otro. Él conducía un autobús moderno y rápido, y en los más de treinta años que trabajó en la empresa no tuvo ni un sólo accidente. Los que cogían a diario el 122 le saludaban cariñosos, y él respondía con el mismo afecto a todos. Aurora estaba muy orgullosa de Salvador, y Salvador se mató en la vía de servicio, volviendo del trabajo con un compañero. No conducía, pero se llevó la peor parte en el choque contra aquella furgoneta, cuando el coche en el que iba se saltó el semáforo.


En el pueblo, los más jóvenes la llamaban 'la loca del bus'. Los más viejos, Doña Aurora. Ella se presentaba como Señora de Gómez, y en su mano brillaba, siempre limpio, el anillo de bodas. Cada vez que se acercaba uno de esos autobuses tan modernos y tan rápidos, todos los conductores de la empresa, fuera cual fuera el que estuviera haciendo esa ruta a esa hora, saludaban con la mano a la vieja Aurora al pasar. Cuando había gente esperando al 122, Aurora aprovechaba la apertura de la puerta delantera para decirle al conductor que tuviera cuidado y recordarle que le esperaba para cenar.


Si escarbabas entre sus despobladas cejas y los hoyos que formaban sus ojeras, descubrías dos ojos de un negro azabache brillante, una mirada temblorosa cargada de amor. Y ese simulacro de labios construía una sonrisa, la sonrisa más bonita de la vieja Aurora.

25/3/2010