miércoles, 23 de junio de 2010

Destriparse

''Ni tan arrepentido
ni encantado
de haberme conocido''
'Y sin embargo', Joaquín Sabina

A lo mejor no queda otra que acostumbrarse al chillido del yunque, al miedo, inagotable miedo de la no fuerza. A las nostalgias crónicas y a las súbitas, al mareo, al puño incrustante, incrustado de uñas antes del examen. A la incomunicación, los embates de ira, las reminiscencias de adolescente incomprendida. Quizás deba gustarle decir siempre 'de' después de 'casa', haberse librado de ese convencionalismo estúpido del cuarteto. Lo suyo es que asuma que es aburrida, que no ha leído tanto y que no leerá lo suficiente. Que deje de enfadarse si descubre que prefiere a Sabina en el altavoz (sin saltos ni toros ni putas ni Atleti), o que no sabe contener la pena inopinada, o que es jodidamente pedante. Seguro que es más fácil perdonarse lo frágil, que baste de pelear con aviones con casis con celos con números con la finura de todas sus pieles. No alimentar más la culpa del viaje de la llamada de los cuernos de los quince del pudor del exhibicionismo. Reconciliarse con su estúpida su tímida su sosa su trágica su decepcionante su cobarde. No quererse tanto que crea que puede, que debe ser mejor. No parapetarse tras el lenguaje.

miércoles, 9 de junio de 2010

La cita

Las escaleras mecánicas sonaban a hojalata arañada con un tenedor. Nunca había dado con la explicación de que se formen esos torbellinos a la entrada -a la salida- del metro. Y nunca le había importado. Pero hoy era vital no estropear el peinado: pelo suelto, brillante, bien planchado.

La falda de flores diminutas y moradas bailaba sobre sus muslos. Acariciándolos. El viento le erizó los poros de las piernas, y la escena le recordó a alguna película que no recordaba haber visto. El maquillaje de los párpados entorpecía, algo pegajoso, el pestañeo largo, brillante y oscuro. Esa mañana el agua de la ducha había salido muy fría. El café había sabido muy fuerte. El corazón no acertaba con el ritmo. Pero no pasa nada, respiró tres veces seguidas hinchando el diafragma: no pasa nada, no pasa nada, no pasa nada.

Ya en el vagón, abrazó con las dos manos la barra azul vertical que le hacía sentirse como una stripper. Tuvo ganas de girar en torno a ella, de subir y bajar con su lengua tragándose todas las huellas dactilares del día. Hoy no, hoy eres una dama, y apretó los labios hasta lograr acomodarse en la exquisita apatía ensayada en el rostro. Esa apatía que hacía posible no atender las miradas intensas de la gente idiota y los babosos.

Próxima parada, la suya. El estómago se agitaba debajo del vientre como si alguien estuviera haciendo la colada ahí dentro. No vayas a echarte atrás. No pasa nada, no pasa nada, no pasa nada. Salió de la estación y el sol se le estampó contra la cara.

Escuchó sonar un móvil. En seguida se dio cuenta de que era el suyo, lo sacó del bolso y se quedó un momento leyendo el nombre en la pantalla. Titubeó al responder:

- ¿Sí?

- ¿Jaime?, soy mamá... ¿dónde andas?

- Llegando... creo

- Me vas a perdonar, de verdad, pero es que me han traído otro montón de licencias por firmar y me es imposible escaparme de la ofi. ¿Te importa si nos vemos otro día?

- Bueno, es que te dije que...

- Ya mi vida, si sé que era importante, pero seguro que puede esperar, ¿a que puede esperar?



***

Junto a la boca de metro hay un Peugot gris con el motor apagado. Dentro, Lourdes se muerde las uñas pegada a un teléfono móvil. Cuando cuelga apoya las manos sobre el volante. Los ojos cascada y la barbilla temblona como cuando tienes mucho frío. Vuelve a marcar, esta vez para llamar a su marido.

- No he podido, Gonzalo.


Y Gonzalo no le dice que Lourdes, joder, es nuestro hijo, ni le dice tampoco que Lourdes, joder, es nuestra hija, ni le dice todos los insultos que se le ocurre decirle. Gonzalo le dice claro, amor, no tengas prisa.

lunes, 10 de mayo de 2010


Entierro las yemas en lo profundo se me llena el hueco de las uñas de arena me diluvio aprieto ni por esas me crecen las raíces.

Tengo los pies de mudanza arañando el plástico de cada invernadero.

sábado, 1 de mayo de 2010

Carne trémula



He estado mirando la foto
que nos hicimos imitando
la portada de Almodóvar.
He visto en ella las estrías
el vello oscuro
los puntos negros
mi cardenal redondo.
Me he notado ancha,
te he notado flaco.
Conservo en la foto
la marca del tanga,
y tengo más culo que tú.

Nuestra portada está llena de carne.

Tu sexo halla en mi vientre
el cobijo exacto.
Debajo de nuestros cuerpos
sin ropa
están la sábana las prendas desprendidas lo húmedo.
He respirado la foto
y me ha olido a nosotros
tiernos, salvajes, intensos.
Me ha olido intenso a nosotros.
He recordado tu boca en mis pies,
la mía en tus piernas,
tu brazo estirado para retratarnos
así:
con la carne quebrada,
grasa, seca, sucia.
Así: con la piel que acaricia,
suave, tersa, deliciosa.

domingo, 25 de abril de 2010

Este tiempo que nos pesa

o nos apremia no existe.
O existe y no logro entenderlo.

Te conté, entre tus patatas fritas
y mi gazpacho sabor comedor,
que estaba pensando en eso del Hoy. Dije:
No existe nada más que ahora.
Esa idiotez a la que llamamos pasado se fué
en el instante después de pasar.
Y eso del futuro ni existe
ni existirá nunca.
Se hará hoy, será ahora, y después nada.

Me preguntaste, secándote los labios
después de un trago de agua,
qué entendía por instante.
Me previniste: te voy a descolocar más. Dijiste:
Ahora no existe tampoco.
Se está consumiendo al tiempo que es.
Y ya no es. Y todavía no es el próximo segundo,
si es que nos atenemos a ese invento,
tonto y nuestro,
de acotar el tiempo en segundos.

Tiempo (tiempo) de postre. Natillas con galleta.
Hablamos de los mayas y me dio mucho vértigo
eso de caminar de espaldas al futuro
(que no existe),
nostálgicos crónicos mirando al pasado
(que no existe).

Nos levantamos de aquel barullo
de universitarios con las bocas llenas de
ruido y comida.
Y pensaba, agarrada a tu cintura,
en nuestro viaje a Toledo (que no es. Pero las fotografías),
en la cicatriz de mi mano (obcecada en seguir siendo,
evidencia de que hubo otro tiempo),
en el imen que no tengo.

Y se me ocurrió escribir
un estúpido poema
(de esos míos tan prosísticos)
para tratar de entenderlo mejor.
Y se me acaban las líneas
pero continúa el vértigo.