jueves, 25 de marzo de 2010

Llorona

Elena era una auténtica llorona. En su familia todos lo sabían, y no se conmovían por su llanto dulzón al abrir los regalos de reyes. Desde niña le dio por llorar casi por cualquier cosa, así que sus padres fueron comprendiendo que sus quejidos no significaban, necesariamente, ni 'sueño' ni 'comida'. Pronto, Elena desarrolló la habilidad de continuar haciendo lo que fuera mientras se empapaba las mejillas.


Llorar viendo el telediario no hacía de ella alguien especial. Tampoco la hacía distinta el llanto de después de rajarse el dedo con el cuchillo mientras cortaba zanahoria, ni el de El jardinero fiel, ni el de las despedidas al filo de un andén en la estación. Pero Elena lloraba cuando aprobaba un examen (y cuando lo suspendía), y mientras le daba ochenta céntimos al señor que tocaba canciones de Guns N' Roses en el metro de Sol (notaba la incomodidad de aquel hombre, que se sentía humillado cuando ella se acercaba compungida hasta la funda de su Ibanez). Lloraba al perder el autobús y también cuando hacía mucho frío.

Tenía los ojos enrojecidos y la cara mojada, pero trataba de limpiarse las lágrimas para poder seguir leyendo. Marta se fijó en ella desde lejos, al verla sentada en aquel banco de piedra y descompuesta frente a un poemario de Luis García Montero. Le atrajo como un imán, y cuando estaba lo bastante cerca dijo: ''no me creo que puedas ponerte tan triste leyendo Completamente Viernes''.
Quedaron el viernes siguiente, y al otro, y después llegó el fin de semana y Elena lloró tras hacer el amor por primera vez. Marta se había acostumbrado a su constante gimoteo, y ella se esoforzó por demostrarle que adoraba cada día que pasaban juntas. Después de un par de meses en los que los besos sabían siempre a costa, Elena empezó a notar que, en ocasiones, pasaba días enteros sin derramar una lágrima. ''Creo que me estoy enamorando de ti'', le tiritó. Marta la abrazó fuerte, con tanta emoción que notó cómo se le humedecieron los ojos. Al verla llorar, Elena también lloró. ''Creo que me has contagiado'', sonrió Marta.
[Foto: Man Ray]

Aurora


La vieja Aurora permanecía estática bajo el techo curvo de la parada de autobús. No le quedaba casi cara tras las grietas, ni cuerpo dentro de ese pellejo enlutado. Su pelo graso se disponía en mechones sobre esa cabeza cansada, con formas onduladas que emulaban lo que un día pudieron ser tirabuzones. Si escarbabas entre sus despobladas cejas y los hoyos que formaban sus ojeras, intuías unos ojos negros como su vestido, enmarcados por un blanco amarillento. No quedaba rastro alguno de sus labios, que empezaron a esconderse para mirarse las entrañas el mismo día en que desapareció Salvador.


Salvador y Aurora se conocían desde niños y se casaron siendo niños todavía. No habían tenido hijos, así que pudieron dedicarse a quererse sólamente el uno al otro. Él conducía un autobús moderno y rápido, y en los más de treinta años que trabajó en la empresa no tuvo ni un sólo accidente. Los que cogían a diario la línea 122 le saludaban cariñosos, y él respondía con el mismo afecto a todos. Aurora estaba muy orgullosa de Salvador, y Salvador se mató en la vía de servicio, volviendo del trabajo con un compañero. No conducía, pero se llevó la peor parte en el choque contra aquella furgoneta, cuando el coche en el que iba se saltó el semáforo.


En el pueblo, los más jóvenes la llamaban 'la loca del bus'. Los más viejos, Doña Aurora. Ella se presentaba como Señora de Gómez, y en su mano brillaba, siempre limpio, el anillo de bodas. Cada vez que se acercaba uno de esos autobuses tan modernos y tan rápidos, todos los conductores de la empresa, fuera cual fuera el que estuviera haciendo esa ruta a esa hora, saludaban con la mano a la vieja Aurora al pasar. Cuando había gente esperando al 122, Aurora aprovechaba la apertura de la puerta delantera para decirle al conductor que tuviera cuidado y recordarle que le esperaba para cenar.


Si escarbabas entre sus despobladas cejas y los hoyos que formaban sus ojeras, descubrías dos ojos de un negro azabache brillante, una mirada temblorosa cargada de amor. Y ese simulacro de labios construía una sonrisa, la sonrisa más bonita de la vieja Aurora.

Regalo


De primero: cursis en la cama

Te despiertas y me dices
que no se te ocurre una forma mejor
de hacerlo
que viéndome sonreír.

Y yo estaba sonriendo
por tu pelo rizadísimo de las mañanas,
porque sé cuánto café vas a servirte,
por tus dedos resbalándome,
anoche.

Vuelves a cerrar los ojos,
como quien regresa a la carrera
a despedirse
de los personajes de un sueño.

Te acurrucas a respirarme
el cuello,
yo hago un nudo con mis piernas
en tu espalda.

Los trozos de ventana sin persiana
se nos cuelan por debajo de la manta y
te espabilan

tu abrazo se hace más fuerte,
mis besos más mojados,
y nos amoldamos al otro
como dos piezas de un puzle.