martes, 28 de septiembre de 2010

Buenos días

Cerré el cajón de la mesilla, me tumbé sobre mi lado de la cama y empecé a chorrearme suero fisiológico encima de los ojos, abriéndomelos con dos dedos y obligándome a que entrara todo. Imaginaba mis globos oculares como dos esponjas, absorbentes, y el recorrido del suero atravesándome los nervios hasta llegarme al cerebro, hasta empapármelo. Cerré los ojos cuando no pude más, y entonces noté resbalar por mis mejillas aquellas lágrimas de mentira directas a mis oídos. Al sentarme se reorientaron hacia la barbilla y, justo en la punta-ella siempre muerde la punta de mi barbilla dice que le gusta tan picuda que parezco una bruja buena- se me formó una gota enorme que acabó cayéndoseme sobre los muslos. Por fin, con toda esa humedad humanizándome, empecé a reconciliarme conmigo.
Avancé descalza hasta el espejo y despegué las fotos de la playa. Tienen una luz perfecta de final de tarde, y yo estoy más buena que nuca con ese bikini. Ella sale siempre bien, con sonrisas que no pegan en las fotos porque no son sonrisa de foto. Y en la de arriba nos estamos besando, es patético follar en esta cama en frente de una foto en la que nos besamos, como poner una tele en la cocina y preparar un guiso mirando preparar un guiso a Arguiñano. Me alegré de estar despierta antes que ella, así no podría encontrarme el café recién hecho ni ese platito que decora con un surtido de galletas tan de hotel. Salí de la habitación. Había un cojín en el suelo del salón, junto al sofá, y recordé que había sido yo la que lo dejó caer anoche. Me molesta compartir sofá con tantos cojines, así no hay manera de estirarse para ver una película.
No tenía ganas de desayunar, así que regresé a la cama. Seguía dormida. Nunca se le abre la boca mientras duerme, ni siquiera babea a la hora de la siesta, y no ronca. Tiene una expresión tal de placidez que sé que jamás le saldrán arrugas en la frente. Yo estaba sentada a su lado, apoyé mi mano sobre su hombro y ejercí una ligera presión para tratar de despertarla. No reaccionaba. Moví su hombro, y con él todo su cuerpo, debajo de mi mano, más brusca. Ella entreabrió los ojos y dibujó una sonrisa pequeña con la boca. Quise besarla, pero me contuve.
- Deja de hacerme tan feliz.
- ¿Qué?
- Que dejes de hacerme tan feliz. En serio. Estoy harta.
- Qué mal despertar tienes...-y se rió muy bajito, lanzándome los brazos como dos tentáculos pegajosos sobre la espalda, tirando después de mí hasta quedarme pegada a ella, que me besó y dijo buenos días.

lunes, 27 de septiembre de 2010

Autocastigo

- Es que no te entiendo.
- Es que no te pido que me entiendas.
- Pero yo quiero entenderte Nuria, joder, no me puedo quedar así sin saber qué te pasa qué ha pasado que no me estás contando porque no lo entiendo en serio no sé qué he hecho mal.
- ¿No os cansáis todos los tíos de preguntar qué habéis hecho mal cuando os dejo?
- Vete a la mierda.
- Estoy embarazada.

- ¿Qué?
- Vete a la mierda tú. No voy a repetirlo.
- No. Hostia, no, Nuria, no. No me lo puedo creer.
- Y voy a tenerlo.
- ¿Que vas a, que vas a qué?
- Te estás quedando sordo tío, y me estás poniendo histérica.
- No puedes tenerlo sin que lo hablemos, no es sólo decisión tuya. Joder. No entiendo cómo ha podido pasarnos, te juro que lo siento Nuria, qué cagada, de verdad, sabes que siempre he tenido un montón de cuidado, que no
- Cállate.
- ¿Cómo?
- No es tuyo. Cállate.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Lie with me

Fotograma de Lie with me


Dice Leila que los hombres amáis con la polla.
Y yo sé que no sólo con la polla.
Pero me encanta cuando me amas así
y me llegas al centro
de todo.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Mon enfant terrible

Tenía los dedos sobre las líneas del cuello,
se apretaba con las yemas la garganta
para notar aquella bola que le bajaba
y subía por dentro
empapada en su propia saliva.

Cuando se giró yo aún estaba sobre el colchón,
exhausto,
con la boca abierta poso del orgasmo
y el vello pegado a mi desnudez
por culpa del sudor y del semen.

Parecíamos dos enamorados, mirándonos
como si realmente quisiéramos sabernos más.
Creo que le dediqué una mirada algo paternal,
y que me devolvió una sonrisa de esas de medio lado
que hacen a los chicos malos tan sexys,
o a los sexys chicos malos.

Después cogió su paquete de tabaco de liar,
me preguntó si había ajenjo en esta casa,
algo de hachís, quizás,
o una pistola.

Se paseaba sin ropa por mi buhardilla y pensaba
-lo noté-que nos habíamos confundido de tiempo
y de ciudad, quería
que desayunáramos café sólo con hielo y limón,
que me manchara con sangre suya las uñas
al embestirle.

Supuse
que no me acompañaría a por el pan
para preparar tostadas,
y se decepcionaría en cuanto supiera
que soy feliz.

''No necesito un Rimbaud en mi vida'',
le dije.
Entonces se le instaló, de repente,
una ingenuidad estúpida en sus pupilas de sabio.
''Te juro que seré bueno''.



Arthur Rimbaud in New York (on subway), 1978-79. D. James Dee

lunes, 13 de septiembre de 2010

Hosanna Océano Mar


Ortigueira (i)




''El mar. Parecía un espectador, hasta silencioso, cómplice. Parecía marco, escenario, telón. Ahora lo veo y comprendo: el mar era todo. Ha sido, desde el primer momento, todo. Lo veo bailar a mi alrededor, suntuoso en una luz de hielo, maravilloso monstruo infinito. Él estaba en las manos que mataban, en los muertos que morían, él estaba en la sed y en el hambre, en la agonía estaba él, en la cobardía y en la locura, él era el odio y la desesperación, era la piedad y la renuncia, él es esta sangre y esta carne, él es este horror y este esplendor. No hay balsa, no hay hombres, no hay palabras, sentimientos, gestos, nada. No hay culpables ni inocentes, condenados y salvados. Hay sólo mar. Todas las cosas se han convertido en mar.''


Fragmento de Océano mar, Alessandro Baricco.




El Naufragio, Turner


sábado, 11 de septiembre de 2010

Le arrojó el aceite sobre la cara

porque la sartén era lo que tenía más a mano. Podía haber sido diferente, podía haber fruncido mucho los labios hasta hacerlos finísimos, o incluso no haberle dado importancia a la forma en que su hija le estaba hablando. Pero sabía que es preciso ser firme para educar, que las madres solteras acaban por dejar que sus hijas se crean sus amigas, y que eso es un error.

Así que se le llenaron los ojos de ira, agarró el mango de la sartén, que se elevó en el aire de la cocina como impulsada por un ímpetu divino, como siguiendo una orden superior a aquella escena casera y diminuta, giró su muñeca de la forma en que lo hacía en las pistas de paddel y empujó la pelota, mantén la vista fija en la pelota, sólo que en lugar de aquella bola amarilla un líquido sepia se estampó, junto a varios pedazos de merluza rebozada, contra el rostro de Patricia, quien apenas tuvo tiempo de cerrar instintivamente los ojos. La decisión de no denunciar a su madre tuvo que ver con el acuerdo al que ambas llegaron, por el cual ésta debía internarse en un psiquiátrico el tiempo que los médicos estimaran oportuno.

Ahora Patricia abre un sobre que no lleva nada escrito en el remite. Su madre le pide disculpas-Patricia recuerda el llanto histérico camino del hospital, la preocupación de su tía Marisa cada vez que sonaba el teléfono, obsesionada con que su hermana se fugase y pudiese ir a ver a la niña mientras ella y su marido trabajaban-, habla de ciclos superados, de reencuentros imposibles. Dice que los médicos están contentos, que ella está contenta, dice que su vuelo sale temprano, que nunca se perdonará.

Patricia deja caer la carta al suelo. ''Ella está contenta''. Busca en un cajón del armarito del cuarto de baño el espejo de mano que decidió, nunca supo porqué, conservar. ''Ella está contenta''. Lo aleja lo bastante como para que le quepa toda la cara en el reflejo. ''Ella está contenta''. Ahora son sus rodillas las que chocan contra el suelo, junta las manos, se desespera por recordar cómo rezaba cuando era una niña, pide con todo su corazón que ese avión se estrelle.









(Fotografía de Laura Makabresku)

jueves, 9 de septiembre de 2010

Fetichismo

1. m. Culto de los fetiches.
2. m. Idolatría, veneración excesiva.
3. m. Psicol. Desviación sexual que consiste en fijar alguna parte del cuerpo humano o alguna prenda relacionada con él como objeto de la excitación y el deseo.

él.



yo.






Yo no sé si sabría quedarme con qué lunar, con qué manera de estarme mirando, si con la cicatriz de pájaro, las venas que te trepan el brazo, tulenguadepunta tuspelosdeloco tu sexo, tu nariz. Tus muslos como piedras. Tus dientes tatuándome. Creo que no podría, yo no, hacer de un trozo pequeño de ti mi fetiche. Pero, ¿sabes?, los lóbulos de mis orejas están obsesionados con tus manos.












viernes, 3 de septiembre de 2010

cariño.

He decidido darte permiso
(como si pudiera yo darte permiso,
como si por escrito funcionase así)
para empaquetarlo todo y aplastarme
con kilómetros
si algún día te discuto mientras digo cariño-mi amor-mi vida.
Y pide explicaciones a esa
en la que me habré convertido
(que te diga dónde estoy, qué hizo de mí)
si-ya los pezones tristes ya tus ojeras crónicas-
me acostumbro a llamarte papá.

jueves, 2 de septiembre de 2010

El infinito es una cosa gigantesca

Nuestro encuentro, siempre, en el reposabrazos del sillón. Las cintas con tu voz y tu memoria. Maitechu mía, el toro con su luna. Las torrijas, las patatas en su punto en la tortilla. Mi vaho limpiándote los cristales de las gafas para ver de cerca, tus carcajadas con sabor a Cinco Estrellas y humo de Malboro. Demasiado pronto para contarte aquí, en cualquier sitio. Me dueles, me tranquilizas. Todos los homenajes que van a quedarse diminutos. Todo lo que no va a terminar de pasar nunca.

XXV

Recuerda que tú existes tan sólo en este libro,

agradece tu vida a mis fantasmas,
a la pasión que pongo en cada verso
por recordar el aire que respiras,
la ropa que te pones y me quitas,
los taxis en que viajas cada noche,
sirena y corazón de los taxistas,
las copas que compartes por los bares
con las gentes que viven en sus barras.
Recuerda que yo espero al otro lado
de los tranvías cuando llegas tarde,
que, centinela incómodo, el teléfono
se convierte en un huésped sin noticias,
que hay un rumor vacío de ascensores
querellándose solos, convocando
mientras suben o bajan tu nostalgia.
Recuerda que mi reino son las dudas
de esta ciudad con prisa solamente,
y que la libertad, cisne terrible,
no es el ave nocturna de los sueños,
sí la complicidad, su mantenerse
herida por el sable que nos hace
sabernos personajes literarios,
mentiras de verdad, verdades de mentira.

Recuerda que yo existo porque existe este libro,
que puedo suicidarnos con romper una página.


Luis García Montero,
Casi cien poemas