sábado, 6 de abril de 2013


Yo a ti te gustaba muchísimo. Sí hombre sí, tienes que acordarte. Mira: llevaba un cuadernito pequeño y escribía. Qué se yo, cosas. Me comía los cereales con la mano, que sí, metía la manaza en el tazón de leche y rescataba en la palma cereales integrales Deliplus y tú decías, cerda, qué cerda eres, y nos reíamos. No estoy triste por haber dejado de gustarte pero, mira, quiero que te acuerdes, yo tenía pulseritas de cuero enroscadas en un rollo de papel higiénico sin papel higiénico, me iba a venderlas al retiro, ¿ya te acuerdas?, esa pulserita que ya no te pones pero te ponías, era mía, o sea tuya, la hice para ti, bueno no para ti, pero la compraste. Si te quito esta cajita de pastillas y te acuerdas, de una vez, de que tú me querías mucho y de que cuando fuéramos mayores nos íbamos a casar en la montaña, prométeme no decírselo a la enfermera. Ya somos mayores.

Estilo

Agarró nuevamente el lápiz. Congeló el cuerpo justo después de la inspiración, asegurándose de repartir el oxígeno por todo su dentro. Estiró el papel arrugado, aplastándolo contra la mesa. Cerró los ojos apretando con ahínco los párpados, luego los abrió como platos, fijos en el papel arrugado por los embates de una madre descastada.

Estaba segura de que no tenía estilo. Estaba segura de que nadie podría adivinarle el sello a nada de lo que escribía. Y se empeñaba, una tarde más, en encontrarse a sí misma como a los amarillos de Turner, las flores de Klimt, el chorrear de Pollock.

Malditos, todos esos pósters de cuadros con firma.

últ. vez hoy a las 12:34

Me quedo embobada mirándolo hasta que pone en línea,
y sigo mirándolo hasta que deja de ponerlo y te imagino
guardando el móvil en el bolsillo imagino tu bolsillo roto y me acuerdo,
de que antes de que te fueras te había prometido una costura.
Me he convertido en una persona que promete, todo el tiempo, cosas que no cumple.
Porque no tenemos presente ni tacto donde coser bolsillos.
Estás en línea, cabrón. Pero tienes el nombre muy corto y los dedos
cansados de escribir cuánto me echas de menos sobre la pantalla táctil.
Nuestros amigos me preguntan por ti como si tuviera cosas que contarles.
Los de Skype saben que eso que hacemos no es follar.
Eres una foto de perfil y me acuerdo
del aeropuerto, del abrazo y tu tembleque y pienso
que si decidiste subirte a ese avión convertirme en una imagen plana es que tú tampoco
debes de creerte ya lo que prometo.

http://youtu.be/mmvJAD378Wk

Léeme siempre. Incluso cuando no seas lo que cuente.

vengaváh


El jueves me até el cordoncito que antes adornaba el borde de los calcetines al pelo. Yo  sabía que a Pablo le iba a gustar y sabía que Iván no se iba a dar cuenta. Los calcetines, hasta las rodillas, tenían rayas azules y grises, y además falda vaquera y camiseta entallada de Lucía. Pablo opinó ''francesa del destape'' entre risas con los dientes amarillos de Camel, Iván opinó ''hola'' y me dio un beso sin tabaco. Le pedí un Camel a Pablo. Llevábamos todo el invierno quedando los tres en la estación de Somosaguas a las siete, y empachándonos de regalices de la tiendita del viejo. Yo no perdí el último tren del jueves, yo no ''mierda, no me había dado cuenta de que hoy se acaban a las once'', para nada. También sabía que los padres de Iván le habían prohibido más chicas en casa; matizó ese 'más': dijo que hablaban de mí, que si mis minifaldas, que si sospechaban que estábamos enrollados. Imbécil, Iván, llevo siete meses con fotos tuyas en las paredes de mi cuarto y tus padres, imbécil, sólo sospechan que me comes el coño. ''Puedes quedarte en mi casa'', ofreció Pablo, Iván dijo ''adiós'', con abrazo, arrancó la moto de su hermano.

Pablo y yo caminamos hasta su portal. Avisé a mis padres de que dormiría allí, dijeron ''vale'' y ''buenas noches'', le adoran, colgamos. Pablo tiene un flequillo que se le mete en el ojo derecho y pósters de Transatlantic. Lleva pantalones ajustados, jugueteaba con la cinta de los calcetines en mi pelo y nos intercambiábamos el cigarro. Llevábamos contándonoslo casi todo dese tercero, nos metimos en su cama. Yo debía tener muy caliente la nariz, o él muy fría, y ahora la boca le olía a Colgate, con esta luz sus dientes parecían más blancos, calculé más de quince centímetros debajo de la sábana. No voy a besarte nunca, Pablo. Necesito seguir sintiéndome especial para alguien.