domingo, 28 de agosto de 2011

me he metido el pulgar en la boca y el corazón en el coño
hasta curvarme la espalda
preñada de mí,
siguiéndome en la columna el rastro
que dé conmigo y me dé.
pelándome la voz gritando el nombre
como si el nombre significase yo
respirándome piel muerta de serpiente,
bebiéndome, y me sabe
la lengua a nadie.

necesito sorprenderme

viernes, 19 de agosto de 2011

Me recibió un cuerpo rosa de mujer coronando la fachada y, al reconocerme en las formas de aquella silueta, pensé que lo que haría intramuros iba a tener más de verdad de lo que hasta entonces creí que dejaban usar en esos sitios. Rosa, rosa fucsia para colorearnos toda la feminidad que algunos me exigirían perder cabalgándoles el culo. Fucsia insistiendo en nuestra niña, en pintalabios con los que pretendían que negáramos la boca, polluelo ingrato, a las bocas que traían la comida. Yo no. Yo hasta les escupía en el centro de la lengua para que no tuvieran nunca sed y se fueran a por agua al baño, es un segundo, y al volver otra vez tener que levantársela. También mi pelo como el de la silueta; apelmazado en manojos compactos que usar de riendas o de látigos. Quise riendas. Domadores. Ceramistas con los que abandonarme a la verdad material de ser la carne entre manos ásperas. Cada vez que estuve a punto de lograrlo se presentaban en aquella habitación mis padres, abrazándose suave como si ese fuese el único abrazo. Trataba en balde de repetir su gesto contra el cuerpo que se me clavaba. Mamá venía hasta mí y me colocaba una mano sobre un hombro, papá hacía lo propio sobre el otro y empujaban, empujaban con todas sus fuerzas hasta hacer desaparecer amante y colchón y dejarme, rígida, contra el suelo, agotada ante el peso de mi propio cuerpo hecho de amor. Veía entonces florecerme por los poros sus retratos en tatuaje, la habitación preparaba una mezcla densa en el aire que buscaba inútilmente conjugar semen y amor, yo me tapaba la nariz.

sábado, 13 de agosto de 2011

visión

la habitación es un cuadrado exacto. tiene las manos sobre las piernas, ella, sentada, ofrece las palmas al cielo y me dice: yo creo. un hombro desnudo, la camiseta manchada de leche a la altura del pecho flácido. En frente, mi padre escribe a cámara rápida sobre pentagramas de astillas de madera pegadas, una tras otra a la pared, hasta formar falsas paralelas. se gira a mirarme de cuando en cuando, echando babas y silbidos que yo repito sobre la guitarra. en medio de la habitación exacta. a ti nunca te gustó, aprendí dónde clavar los dedos, conozco la presión. Toco y a mi madre le sangran las yemas, la sangre brota hacia el cielo, yo creo, en línea recta; de cada mano sube un pentagrama líquido, rojo. él se gira, brusco, se le ha pegado al cuerpo todo el hollín de alguna chimenea, corre hasta ella, unta sus manos sobre el cuerpo negro, escribe delirios entre la sangre de ella, negros, y a los dos se les va cubriendo la piel, desde los pies hasta las cabezas, de un color espeso a medio hacer, un baño de leche condensada, que huele al pollo que despellejan sobre la mesa a tu hermana no le gusta con piel. giro los ojos hacia adentro, me veo el embrión de la migraña, allá arriba a la derecha, enciendo un lanzallamas.

sábado, 6 de agosto de 2011