miércoles, 29 de junio de 2011

Una vez me dijo que era idiota, llenándolo todo de grises en mis fotografías pudiendo contar, por ejemplo, ''limones encima de la mesa del jardín''. Contarlo en amarillérrimo. Que soy una romántica, cuita inveterada, y mentí cuando le dije que prefería idiota. Solía amenazarme con encender la luz, ¡zas! chorreando ingenuidad para coloreármelas. Yo le pedía que se lanzara por el Viaducto de Segovia o que se sentara a leer en el sofá. ¿En alto?, y le dejaba, porque ya me había acostumbrado a su canturrear las frases como en un concierto de hip hop. La tarde en la que dijo: a. femenina. Primera letra del abecedario español y del orden latino internacional, que representa un fonema vocálico abierto y central, me enamoré. De golpe. Y se me olvidó que debía dinero del alquiler y que por las mañanas me robaba leche. Salí del cuarto de revelado para sentarme en el sofá de en frente. Le dije: ''nunca te he hecho una foto''; despegó los ojos del diccionario. ''Tiene que ser azul''. ''¿Para qué la quieres azul?''. ''Para que no sea gris''. ''No sé hacerlas azules''. ''Entonces no''. Volví al cuartucho y él leyó que ababa es amapola. ''¿Y roja?''. ''Roja, vale''.











Ce y De. foto: Caye.







domingo, 5 de junio de 2011

Mi azotea

pies y blanco y sábanas, (i)



Yo tenía una azotea azul. En realidad no era azul. Y cuando llegaba de la universidad subía corriendo a mirar desde arriba. No sé el qué, las cosas. En mayo tenía la piel muy roja pero en junio ya estaba canela, porque las dos es muy mala hora para estar al sol. Mi azotea era una bañera de sol calentito y blanco. Ahora que lo pienso, yo tenía una azotea blanca. Allí decían que porque el blanco evita que el calor se cuele por las paredes hasta dentro de casa. A mí me dejaba ciega. Así que me compré unas gafas de sol, y Lucía se reía muchísimo de mi pinta de guiri. ''Sólo te falta el acento sueco'', y yo también me reía haciendo como que sabía qué acento tienen cuando hablan español las suecas. No me importaba mucho qué pasara allí, por ejemplo, en Suecia. Yo podía ver el pueblo entero coronado de azoteas y antenas parabólicas, con enredaderas que trepaban arcos haciendo, de algunas aceras, túneles; y viejitos en unos bancos y novios en otros. Fuentes. Más allá del pueblo, el monte del triguero se esforzaba, lanzando hacia arriba oleadas de cultivos secos, por parecer montaña. Todo lo yermo de la tierra y la cal de las paredes al alcance de mi mano. Estiraba un dedo, así, y tocaba la cruz afilada del tejadillo de la iglesia sin pincharme. A veces me tumbaba en mi azotea, sobre las baldosas coloradas que manchaban como la tiza, y nadie podía saberme desnuda pero ni siquiera así me sentía yo sola; imposible sentirse sola en frente de esa explanada inagotable de cielo. ¿Lo entiendes?, podía estar debajo de ese cielo y de repente incorporarme y llegar con los dedos hasta cualquier recodo del pueblo. Mi azotea era el anonimato desparramándose sobre todas las cabezas. Un útero con ventanal. Que si lo entiendes. Es que yo tenía eso: una bañera de sol calentito y blanco. Que no es por ti, de verdad, lo de la maleta.