lunes, 25 de octubre de 2010

dos

(y a piel)


Hay días en los que él extiende su mano
sobre mí, debajo de mí
y se hace barco,
árbol, chimenea. Casa.
Otros, abro la boca y se mete dentro,
todo su cuerpo encajado en mi cuello.
Y me sabe la garganta a yogur
y a piel.

todo

Todas las cosas en las que no estás
y que no te pertenecen, no te reconocen, seguro, si vienes.
Como no reconocería yo tu tacto, hoy,
tu piel, creo que de mandarina,
creo que en los brazos.
Estaba en el autobús imaginando
que te sentabas a mi lado sin mirarme
y se me metía por la nariz el olor
que hace años me convertía en una fiera.
Yo no me inmutaba ya no habría
ninguna cima si nos tumbábamos en el suelo,
ni vino para que pudieras reírte de mí
y yo pudiera mirarte el culo.
Imaginaba
que me ponías la mano sobre la rodilla
descuidada
y yo no notaba los dedos que fueron tus dedos,
que estiraban mi vestido para que se fuera,
y enredabas con mis dedos para que dejara
de sentirme Una.
O que de repente me besabas sin permiso
(suelo imaginar que beso a extrañas)
y el nuestro era un beso de extrañas
porque ya no sabías morderme
la punta de la lengua justo
cuando yo la saco.
Aunque también te he imaginado sentándote
a mi lado en el autobús
sin decir ni mú, sin saber quién fui,
sin rozarme;
y he pensado que todo
eso que llamábamos todo
ya por entonces era
diminuto.

domingo, 10 de octubre de 2010

Javier

Le vio al final de la cola mientras esperaba el autobús, con una maleta de viaje, pequeña, la camisa bien planchada y zapatos brillando betún. Le reconoció porque, detrás de esa apariencia de hombre, Javier seguía siendo el adolescente pecoso y delgaducho que le había advertido, doce años atrás, de lo mal que besaba. Luego había metido la lengua, tímidamente, en su boca, y los dos se dedicaron a hacer círculos con los labios pegados hasta que aquella noria empezó a marearles. Y a aburrir. Nunca se quisieron, ni un poco solamente, pero a ella le encantaba que Javier le escribiera notitas en matemáticas y, sobre todo, que no le gustara su amiga Marta.
Estaba unas diez personas atrás, mirándoles a todos desde su metro ochenta y algo sin demasiado interés. Probablemente venía al pueblo a visitar a su madre, y viviría en una gran ciudad y se pondría esos zapatos para dar conferencias importantes. Se alegró de estar guapa, había pasado la noche con el tipo aquel del viernes anterior e iba bastante arreglada para la ocasión. Pensó que, de ese modo, a Javier le agradaría más verla, se sentiría orgulloso de haberle metido la lengua entre los dientes y la mano por debajo de la camiseta. Le frenó, nadie le había tocado ahí antes. ''¿Ni siquiera por encima del sujetador?'', ''Ni siquiera. Y no te rías, capullo''.
Javier la vio. Durante unos dos segundos, luego giró la cabeza hacia otro lado. Continuó, impasible, en su nube apática.
A ella no debió molestarle tanto. Él tampoco había sido importante en su vida. Pero Javier ya no era Javier, Javier era todos los niños que besó de adolescente, todos sus polvos de baño y sin nombre, todos los amigos que metía en su cama. Javier era todos los chicos y todos los hombres. Y no la miraba, no la deseaba, no la quería. Se giró bruscamente y, en apenas dos zancadas, estaba frente al pecoso de la maleta, que la observaba inquieto. ''Damos asco'', sentenció, y salió de la estación.
Después de un cigarro y medio supuso que el autobús debía haberse ido, con Javier y con todos sus fantasmas dentro. Así que marcó el número del tío con el que había pasado la noche.
- ¿Me quieres?-dijo nada más escuchar su voz al otro lado.
- ¿Cómo?
- Que si me quieres, un poquito.
- Ehm...no me ha dado tiempo, tía.
- ¿Eso significa que puedes llegar a quererme?
- ...Puede...sí, eso nunca se sabe, ¿no?
- Voy para allá. Y voy a enseñarte a que me quieras, ya verás, y no voy a ser un pedazo de carne y tú vas a ser lo más importante para mí no podemos dejar que se joda, ¿vale?, voy a darme de verdad y vas a tener que prometerme una cosa, ¿vale? ... ¿vale?

lunes, 4 de octubre de 2010

Azul eléctrico





azul
eléc
trico
me ha llegado
verde
yvio
lento
hoy, al buzón, por la mañana.
En un sobre blanco y grande,
desde una calle leonesa
con nombre de señor,
y por duplicado.

Como si
azul
eléc
trico
supiera que el verde
es mi color y que
iba a reventar
de ganas y que
tenía listos los nervios
en la raíz
del ombligo.

Y me he leído
enjau
lada
dentro de páginas
duras
que huelen
a curso nuevo.
Violenta,
felizmente enjaulada.

Julio no sabe,
aún,
que mi padre lo ha visto
y le ha llamado
'mi editor',
que se me ha llenado
la boca
de dientes
el vientre
de peces
los dedos
de letras
la cabeza
de Simone de Beauvoir.








(i) del revés.o sea (!)