lunes, 29 de febrero de 2016

29 de febrero.

Me peina y me colorea Andrea Pisani. Me convierte en foto Daniel Torrelló.

El próximo hoy está a años de éste.
Hoy es un día que alucina cuando existe,
día de uy, día de ¿sí?,
día regalo para desenvolver prisas.
Por eso yo a hoy le he hecho caso y:
Firmo el pronto cese del esguince
mando los currículums del vértigo
pido que decidas si me quieres
y admiro mi coño en un espejo.
También he ordenado los tuppers.
Bailan lo gigante y lo chiquito
al día veintinueve del paréntesis.

miércoles, 24 de febrero de 2016

Qué romántico.

Cada tarde la misma esquina subterránea. Transbordo de metro a metro cruzando calles enterradas de paredes de azulejos, y dos semanas seguidas, él: aquel tipo joven de ojos negros sobre silla plegable de IKEA, con guitarra y canciones de Silvio en la boca. Ir a trabajar se convirtió en la excusa para escucharle tocar. Yo apoyaba el hombro contra la pared y tarareaba bajito Ojalá y Te doy una canción. A veces cerraba los ojos y otras veces los clavaba, descarada, sobre él. Y él sonreía y yo sonreía y nos entraba vergüenza y él agachaba la cabeza y yo me subía al vagón.

Empecé a salir de casa cinco minutos antes. A llevar en el bolsillo siempre alguna moneda con la que hacer sonar su gorra. Él amplió su repertorio y Drexler se instaló entre los dos. Un día aproveché el momento de lanzar mi moneda para decirle ‘’me encanta lo que haces’’. ‘’Me llamo Javier’’, respondió levantándose. Y nos presentamos con muchos más besos que dos.

Qué romántico: las bocas de un par extraños de palabra mezclando salivas en un cruce subterráneo. Entre beso y beso mi risa nerviosa, su mirada de placer. Y no pasó nada. Ni mariposas ni nada. O sea, pasó. Dame tu número y a qué te dedicas y a qué hora volverás y cuánto tiempo vas a seguir tocando aquí y un par de whatsapps después. Protocolos deshaciéndose de la sorpresa.

Al día siguiente cantó para mí esa de Drexler que dice sólo quiero verte bailar. Y bailé en aquel pasillo con esquina de la línea 3. Y no pasó nada. O sea, pasó: besos de lengua-vagón explorando bocas de túneles mojados, salir juntos del metro de noche y sus manos queriendo desnudarme en un parque y mi voz diciendo no, y sus manos insistentes y mis manos diciendo estate quieto, joder. Pasó que sus dedos en mis pezones y mi cara de angustia mirando alrededor, sin saber qué me angustiaba más: que alguien nos viera o que no nos viera nadie. Pasó que apretaba mi cuerpo contra el bulto duro de su pantalón y sentí asco. Pasaron mi enfado, mi empujón para quitármelo de encima, su expresión de desconcierto, mi sonrisa de ay perdón, cómo soy. Cuántas veces tenemos las mujeres que disculparnos por no follar después de haber sido lanzadas. Cuántas veces la vergüenza de explicar que querer algo antes no es sinónimo de querer cama después.

Y no pasó nada. Es decir, pasó: que aquel tipo de ojos negros me miró como se mira a una loca. Que volví a casa llamándome tonta por no abrir las piernas. Que la vez siguiente que besé a un tipo con el que no quería follar, follé. Sí, sí que pasa.

miércoles, 10 de febrero de 2016

El hambre en cuatro pasos

PASO 1:

Te enredaría por las barbas unos espaguetis.
Pocos, media ración, con su salsa. Espesa, como tu barba.
Y sobre tu barba de espaguetis cremosos esparciría migas de pan. Blanco. Como tu cara.
Migas de pan blanco, de pie sobre los botines que me he comprado.
Míranos: tú tan tumbado y yo tan alta
tú tan viéndome las bragas y yo tan con el apetito chillando.
Lluvia de miga y corteza sobre tus barbas en salsa y yo:
cierra los ojos por si acaso y tú:
No pasa nada. (Porque llevas puestas las gafas). (Para verme bien las bragas).

PASO 2:

Y te comería la barba
y te comería la lengua
y te comería la polla.
Y en el abrazo de luego, en el abrazo largo de los cuerpos mojados,
ese en el que la cabeza vuelve a trabajar
y a decirte cosas feas
abriría la boca otra vez
y te comería el miedo.
Ese miedo nuestro que ahora te has quedado:
el miedo a quererme
a que ya no te quiera
a que funcione
a que no haya funcionado.

PASO 3:

Y me iría corriendo al baño.
A escupirlo. Qué asco. A decirle chao, chao, miedo, con música de cisterna.
Chao miedo chao, al mar a asustar peces gordos.
(Eso se lo cantaría bailando).

PASO 4:

Y tú te reirías con tu sonrisa de hoyuelos que madre mía,
y me mirarías mientras te quitas las gafas
y te llegaría el hambre
y yo estoy muy rica con mermelada de arándanos.