sábado, 12 de noviembre de 2016

gita

En el pueblo donde Clara Petacci
tuvo cuerpo por última vez
y lo puso sobre el cuerpo
que también se iba al carajo
de Benito Mussolini,
hay una casa con vistas al lago
once iglesias
y dos mil habitantes.

Te lo cuento porque a mí
me lo acaba de contar la tele,
y ha surgido en donde surge el clamor de los viajes,
ya sabes,
un poco entre el pecho y la boca del estómago,
un baile de maletas que me piden
dos billetes de ida y vuelta
para Italia.

He pensado en las habitaciones de hotel
donde viven sin cocina los fantasmas
de los escritores y los dramaturgos
que vivían en habitaciones de hotel,
sin cocina, ni porche para fumar en pipa ni
impuesto sobre la recogida de basuras.

A mí también me gustaría vivir en un hotel y ser
una escritora que huele a papel
una diva de guantes hasta los codos
una ludópata de petaca en liga.
A mí también me gustaría vivir en la posada Almayer
y perder contra el océano en la ventana.
Pero me parece bastante más que bien
ser yo
que tú seas mi cómplice
viajar hasta Italia
y volver.

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