viernes, 17 de junio de 2016

tres

Claudia tiene la edad de las certezas.
Sus pezones apuntan al cielo y por debajo late fuerte la necesidad de hacerlo grande. Lo que sea, lo que surja, lo que viene es siempre grande, juega a parecer definitivo, intenso, salvaje.
Sabe besarme mejor de lo que besé a sus años, y apaga la luz, más por dejar entrar en el cuarto a la imaginación que por pudores. Porque Claudia aún no se conoce, pero al fin ha superado la edad acnéica de esconderse.

Olga levanta la vista de un libro para tantearme.
Tiene la edad del escepticismo y deja en cada cigarrillo besos de carmín. En sus manos no hay tabú, las yemas de sus dedos me vencen, y en lugar del grito tiene instalado un jadeo profundo y sincero en el placer.
Quiero que hable, quiero que Olga hable y disimulo
que su forma seca de explicar el mundo
me define.

Yo tengo la edad del por qué no.
Miro a dos mujeres temblando sobre mis muslos. Miro mis muslos y veo a dos mujeres, que me acarician como se toca un dibujo, admirando algunas líneas, esquivando sus errores. Quiero a dos mujeres que saben que tengo la edad de serles sólo casi. Pero estoy más viva, sabed, porque las tres respiramos presente.

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