miércoles, 24 de febrero de 2016

Qué romántico.

Cada tarde la misma esquina subterránea. Transbordo de metro a metro cruzando calles enterradas de paredes de azulejos, y dos semanas seguidas, él: aquel tipo joven de ojos negros sobre silla plegable de IKEA, con guitarra y canciones de Silvio en la boca. Ir a trabajar se convirtió en la excusa para escucharle tocar. Yo apoyaba el hombro contra la pared y tarareaba bajito Ojalá y Te doy una canción. A veces cerraba los ojos y otras veces los clavaba, descarada, sobre él. Y él sonreía y yo sonreía y nos entraba vergüenza y él agachaba la cabeza y yo me subía al vagón.

Empecé a salir de casa cinco minutos antes. A llevar en el bolsillo siempre alguna moneda con la que hacer sonar su gorra. Él amplió su repertorio y Drexler se instaló entre los dos. Un día aproveché el momento de lanzar mi moneda para decirle ‘’me encanta lo que haces’’. ‘’Me llamo Javier’’, respondió levantándose. Y nos presentamos con muchos más besos que dos.

Qué romántico: las bocas de un par extraños de palabra mezclando salivas en un cruce subterráneo. Entre beso y beso mi risa nerviosa, su mirada de placer. Y no pasó nada. Ni mariposas ni nada. O sea, pasó. Dame tu número y a qué te dedicas y a qué hora volverás y cuánto tiempo vas a seguir tocando aquí y un par de whatsapps después. Protocolos deshaciéndose de la sorpresa.

Al día siguiente cantó para mí esa de Drexler que dice sólo quiero verte bailar. Y bailé en aquel pasillo con esquina de la línea 3. Y no pasó nada. O sea, pasó: besos de lengua-vagón explorando bocas de túneles mojados, salir juntos del metro de noche y sus manos queriendo desnudarme en un parque y mi voz diciendo no, y sus manos insistentes y mis manos diciendo estate quieto, joder. Pasó que sus dedos en mis pezones y mi cara de angustia mirando alrededor, sin saber qué me angustiaba más: que alguien nos viera o que no nos viera nadie. Pasó que apretaba mi cuerpo contra el bulto duro de su pantalón y sentí asco. Pasaron mi enfado, mi empujón para quitármelo de encima, su expresión de desconcierto, mi sonrisa de ay perdón, cómo soy. Cuántas veces tenemos las mujeres que disculparnos por no follar después de haber sido lanzadas. Cuántas veces la vergüenza de explicar que querer algo antes no es sinónimo de querer cama después.

Y no pasó nada. Es decir, pasó: que aquel tipo de ojos negros me miró como se mira a una loca. Que volví a casa llamándome tonta por no abrir las piernas. Que la vez siguiente que besé a un tipo con el que no quería follar, follé. Sí, sí que pasa.

4 comentarios:

  1. Ñiaaa qué bonita historia. La mía con mi mujer, Pulga Irenota, es más bonita y eso que no hemos consumado al estar ambos esterilizados.

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  2. wow... sorpresivo giro de historia... y muy bien ejecutada... y triste historia de amor, si.

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    1. Qué bien siempre que te pasas por aquí. Celebro que te guste la historia, yo no la llamo ''de amor''. Te mando beso.

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