lunes, 28 de diciembre de 2015

uno sesenta y cinco

Mido, la cantidad de tabaco que puedo fumar ahora que no fumo y mido,
la distancia felina con la que estar cerca de mis amantes.
Mido el norte que me sobra para verterme en sures, mido:
en el espejo la línea de las arrugas
en el teléfono las llamadas a madre
en el trabajo el precio estimado de los minutos
en la boca del perro la intención de los ladridos
en el filo de la pinza la negrura del pelito
en el whatsapp el tono de los mensajes.
Cuento
la mitad de lo que pienso mientras todo lo cuento y calibro
cuántas copas de vino necesito para que me pasen
los otros,
los miedos,
esta falta infantil de compromiso,
de tierra,
de mares.
Me mido en la seducción aprendida y os mido
el número de dientes bruxistas que filtran palabras de amor y pretendo
jugar a que este caos es ir fluyendo mientras mido,
compulsiva,
el nombre de las etiquetas de todo
lo que no
lleva tallaje.

domingo, 27 de diciembre de 2015

.daduic

Tengo acá adentro un recorrido de gusano
que me arranca en la boca y va a morir
a la luz
del final
de mi vagina.
Hay un gusano que me preña
la garganta de lo incontable y tiene
pelos pequeños
que pinchan.
Mi gusanito me sabe mapa
y recorre -como vagón de metro-
las vísceras
húmedas
de la ciudad que soy.
Se atasca con la curvas,
va masticando las veces
que estoy a punto de enfermar,
engorda de mis casis -está orondo el gusanito-.
Asoma una de sus puntas
al balcón de mis pulmones
como un patriarca arrugado revisando con la mirada el número
de sus viejos olivos mal regados.
Hace como que asiente y susurra aliviado que las células
tienen la forma
que se espera de las células.
No voy a contarte todo
lo que me recorre el gusano pero,
digamos que, tú entras en juego,
cuando se está despertando en mi útero
de la cálida siesta,
y se deja caer en tobogán
y se choca con las yemas de tus dedos
y te empuja
cuerpo afuera.
No lo ves,
porque me lo he inventado,
pero el gusano ha venido a enseñarte
que no hay cueva para ti en esta ciudad.
Y me repta pringoso la piel
de poros abiertos a la fiesta del sexo,
y antes de morir deposita
en cada poro un huevo,
y del poro que no abrazas nace un gusano
que me abre la boca y va a parar
a la luz de las próximas yemas.

sábado, 5 de diciembre de 2015

Sábado.

Sábado. Seis y media de la tarde. He salido pronto del sex shop porque el dependiente no paraba de mirarme y tenía cada vez más ganas de gritarle, de vomitar, de gritarle. Un pasillo largo con cabinas de luces azules, rosas y moradas para llegar a la calle, respira flojito, y sólo en caso de necesitar aire. Yo había entrado por curiosidad y por si acaso han inventado la vibración silenciosa. No buscaría el silencio si viviera por fin sola. Más bien, sí, más bien lo huiría. Tengo al lado del portátil un ron cola. Nunca hasta hoy había entendido la importancia de tener alcohol en casa. Nunca tan arrepentida como hoy de no haber guardado un ‘’por si acaso’’ cuando dejé hace un par de meses el tabaco. Si mi padre me viera pondría esa cara suya de ‘’la vida así da asco y no tendría por qué darlo’’, esa cara de ojitos de perro abandonado, la boca diminuta, el leve movimiento de cejas subiendo de cuándo en cuándo como diciendo ‘’qué se le va a hacer, la estás cagando’’. He visto esa cara. Sin embargo normalmente me mira con una mezcla de culpa, cuidado y orgullo. No sabiendo bien cuánto es capaz de conocerme. Temeroso de romperme. Todos tienen miedo de romperme excepto los que tienen miedo de que yo les rompa. Voy a por tabaco.

Sábado. Siete menos veinte. Un ron cola y un cigarro. La gente se amontonaba en el chino para decorar sus casas de alquiler con espumillón importado. Hoy me han cancelado una cita a la que no quería ir, se me ha notado.  No quería ir porque no sabía cómo decirle que ni de coña. Que me necesito toda. También así: en un salón precozmente oscuro y consumiendo drogas leves para regañarme, por ponerme piedritas delante de todas las prioridades, pero sobre todo por  no haber borrado ya la brújula en un vuelo transoceánico.

Tengo que tengo que tengo que Basta. Practico con esmero la autodestrucción cuando estoy débil porque, como casi todos, yo también soy idiota. Qué azucarado el alcohol, qué seco el tabaco.