martes, 10 de marzo de 2015

iniciales

M sube los últimos peldaños de las escaleras que salen de la línea 2. La ve, junto a la papelera y con las gafas de sol a modo de diadema, los vaqueros remangados y subidos hasta el ombligo, colgada de una llamada en el móvil. M está preciosa y lo sabe porque se ha mirado seis veces al espejo-espejito-mágico-dime-que-soy-la-más-guapa en el tramo de Sol a Príncipe de Vergara. Demasiado preciosa como para correr el riesgo de que V no se de cuenta por culpa del móvil. Piensa en retroceder, escalón a escalón, como una gata que se aleja prudente de un fracaso pequeño, para volver a llegar un poco después como se merecen.

Pero V acaba de mirarla, y si hay algo que M no quiere es hacer el ridículo: sus pasos gatunos marcha atrás. No, todavía no. Porque V es a sus ojos algo así como un vaso desbordando espuma de Coca-cola, una cosa muy tremenda, muy rica muy inabarcable, un quiero más mucho más, un qué he hecho yo para merecer ésto, ''cuál es la lógica de que / se abra para mí  /  tu boca tan magnífica'', diría Drexler. V es demasiado demasiada.

Por eso disimula magistralmente (igual que supo disimular que no le gustan sus tetas cuando se desnudó en las manos de V), y avanza escalones arriba con una sonrisa más leve de la que siente.

Se abrazan un poco de lado porque de la oreja de V siguen colgando un pendiente de mariposa, un imperdible pequeño y un móvil. V la mira arqueando las cejas y apretando los labios hacia dentro de la boca (es decir: ''jo perdona, de verdad, qué inoportuna la llamada''). Luego junta hasta casi tocarse los dedos índice y pulgar de su mano izquierda (es decir: ''cuelgo en seguida, en este poquito'').

Y cuelga. Muy pronto. Menos mal, porque M estaba por pedirle un pitillo al señor que lee el ABC en aquel banco, una forma como otra cualquiera de fingir ocupaciones leves (es decir: ''no te preocupes, si no estoy histérica''). Menos mal, porque este beso, el que ahora le da V abriendo ligeramente los labios para acariciar los suyos con la lengua, habría sabido a tabaco.

Hace tres semanas que se conocieron y es la tercera vez que quedan. No sabe que la aparente seguridad de V también es esforzada. Porque a sus ojos, M es algo así como un peluche de oso suave en mitad del césped recién regado, un baile de texturas, tantas cosas que qué he hecho yo para merecer ésto, tantas Emes que da la sensación de que nunca la conocerá completamente, y qué bien.

Por eso, cuando V llegó a la parada de metro y se supo sola, no dudó un instante en llamar a su hermana. Una forma como otra cualquiera de fingir ocupaciones leves.