sábado, 18 de julio de 2015

La ventana indiscreta

Sale con las gafas de sol por bandera y su hermana, que esperaba frente al portal, se le cuelga como un pájaro del brazo. Van a pasarse por Cortefiel a buscar blusas de manga corta para el verano,

- que las del año pasado no me están buenas
- Normal, si es que te has debido de quitar lo menos cinco kilos.

En la calle se espachurran bajo el calor del sur. Grita: ¡Juan!, y la voz de Juan contesta desde el otro lado de la ventana abierta, hecho Juan misterio aún para los dos transeúntes con sombrero que se atreven a cruzar la achicharrada calle Lira, y para la cotilla de en frente, que pone allí los ojos y pone también el oído. Y oye la voz de Juan, cómo bordea la cortinas y se tira de cabeza contra la cabeza de Carmela:

- ¿Qué quieres?

- ¡Tírame el abanico haz el favor!

- ¿Dónde lo tienes?

Y los dos transeúntes y la cotilla de en frente (esa soy yo), nos preguntamos, ¿dónde lo tendrá?

- En el cajón de mi mesilla de noche.

Y los dos transeúntes y la cotilla de en frente nos colamos por la vía de la imaginación, pero nos colamos, vaya que sí, en su alcoba.

Vente.

Estamos frente a la cama: la colcha doblada cuatro veces a los pies, se ve que a Carmela aún le viene el frío algunas madrugadas. Una silla junto al armario de madera, de lo menos cien años, que se alza altísimo sobre baldosas de suelo colorido: baldosas de las que guardan en su geometría montones de piedritas diminutas, bien pulidas por cuarenta años de pies haciendo del hogar, camino.

¿Estás aquí, tú que me lees, conmigo? nos hemos metido en su casa, vamos, a inventarles una historia juntos. Compraron el piso al casarse. Cuando los chicos eran pequeños salían a jugar al patio de corrala, que es como el vientre del edificio, con los niños del Manolo. Una vez, debía andar el pequeño por los cuatro años, tuvo un traspiés muy malo con una alfombrilla de las que dice ''Bienvenido'' y rodó como un pollo escaleras abajo. Nunca he visto rodar a un pollo, ¿y tú?, no sé si se dice así. Pero imaginemos al niño estirando los codos, como pequeñas alitas, que golpean una vez y otra contra los escalones, imaginemos, que es más divertido, al niño cacareando del susto.

Ese día lloraron los dos, madre e hijo, abrazados al final de la escalera, con esa carne tan joven anunciando verbena de moratones. Y Juan se reía un poquito, porque Juan sabía que al niño en verdá no le había pasao ná, viendo a su mujer presa de aquel disgusto echando a borbotones lágrimas por esos ojos tan chicos.

Qué ojos tan chicos tienes, Carmela. Ella habría preferido que, de vez en cuando, le dijera también que son bonitos. Pero Juan no es muy de decir las cosas. Salvo aquella vez que, por su aniversario, le despertó con besos de lengua una hora y pico antes de que arrancase la radio que anunciaba el trabajo. Y le dijo Carmela, Carmelita mía, hoy sales de aquí llena de flores (en la silla que hay junto al armario el vestido perfecto lleno de margaritas) y la cara contenta. La cara contenta era porque, bueno, ya te lo imaginas. Durante una hora, enterita, aparcando la costumbre del placer a oscuras antes de dormirse, cubriendo de saliva rincones que llevaban lo menos cinco años sin beso, y olvidando pudores y diciéndose uno a otra qué buena estás, cuánto te quiero, porque era verdad, y también para que se le pusiera a Carmela cara de contenta contentísima.


Juan saca por la ventana un cuerpo de cintura para arriba. Rechoncho como una cosa abrazable, peludo como un osito. Y en su mano el abanico blanco de Carmela.

- ¡Cógelo!

Ella lo atrapa al vuelo. Se sonríen. Y él grita GUAPA con la boca muy cerrada pero el corazón hecho cascada que corre desde aquel 1º izquierda al corazón de Carmela, que lo escucha. GUAPO TÚ, responde igual de calladita.

Su hermana le tira del brazo y empieza el paseo breve hasta la calle de las tiendas. Se va a comprar la blusa más bonita que encuentre y esta noche, Juan, ¿me desabrochas los botones? para quererse con los cuerpos mientras el barrio duerme, la cotilla de en frente les sueña, tú juegas a inventarles las posturas, y aquellos dos transeúntes recorren en autobús carreteras (qué bonito y qué calor, en Sevilla. ¿volvemos en Diciembre?), de regreso a una casa con historias que podemos inventarnos otro día.



(Calle Lira, Sevilla, 2009)

2 comentarios:

  1. Me ha gustado muchísimo. Es increíble la naturalidad que transmites.

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    1. Cómo me alegro, m. Gracias por 'venir' y por contármelo.

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