sábado, 25 de octubre de 2014

perfecta desconocida perfecta

(Steven Lewis)



Su nombre lleva diez horas en mi agenda del móvil y ella es, la belleza que abruma, la voz que de tan sensual se deja ropa tirada camino al tímpano, el olor a la lluvia bruta que llega de repente y arrasa el polvo y renueva el aire. Ahora lo entiendo. Ahora que ella, esta perfecta desconocida, se sienta en frente de un café y de mí; me dice cosas con la boca y pienso que esa boca es un imposible que existe. La belleza que abruma.

Me cuesta vincular sus dedos al whatsapp en mi móvil: Quiero verte. Debajo del tinte del pelo del cráneo ahí adentro, en algún chispazo del cerebro (o quizás ha sido en el fondo del vientre), algo le ha dicho que yo, que por qué no yo, para este café y este presente.

No tengo la más remota idea de quién es. Tengo la certeza de no ir a saberlo nunca del todo. Me habla de cosas que significan átomos minúsculos en el puzle que la conforma. Escuálidas pinceladas con las que ni siquiera se esfuerza por retratarse. No hace falta. Me propongo hacer del ''estamos conociéndonos'' una forma de ser que nos dure diez meses.

Juego a imaginar esos diez meses. Nos imagino de la mano, la imagino entre mis piernas. Me da por fantasear con cómo sería que esta perfecta desconocida llegase a quererme. Que me quisiese a la cara con frases simplonas que deben sonar a terremoto en esa boca: eres maravillosa, podría decirme un día después de besarme. Imagínate qué miedo doy, qué miedo le daría, si me adivinase este juego de construirnos sobre este casi nada un futuro tan tonto y hermoso.

Es tarde (¿no es pronto, en realidad, pronto para todo?), y sentencia en diez segundos que volveremos a vernos. Sin preguntarme, lo decide. Me vale. Lo entiendo: la sorpresa que abruma. Mi sonrisa de imbécil regalando dudas para la alegría a los transeúntes.

lunes, 13 de octubre de 2014

''Si me necesitas pega un grito''




Andrea mueve el aire entre los dedos
y el aire se hace leve y ronronea.

Puede parecer que existe desde hace veintiocho soles,
pero sin embargo sabe
abrazarme con más siglos de los que puedo contar.

Del otro lado del atlántico ha traído
los acentos cálidos
la invitación a dejarse.

Y la vida que estamos haciendo nos sonríe,
nos deja llorar nos alcanza
cargada de respuestas sin razones.
Ancha de posibles, nos responde.

Estar cerca de Andrea es acercarse
a la duda que seduce en lo invisible
al calor del té y las cosas dulces
a la luz que huele a nuevo en sus balcones.

Me recuerda al centro de una magdalena
al batir suave de plumas de algún ave,
a esa sensación
curva-protectora-delicada
de tumbarse sobre la arena de playa y notar que no es sobre la arena, que es con la arena, a su lado.

Me trae todo esto me trae más,
Andrea,
tan inesperada tan inevitable.