martes, 17 de junio de 2014

La Víctima

Yo estaba muerta de hambre, hacía calor y al arquitecto que proyectó ese edificio se le había ocurrido, qué vanguardista, diseñar grandes ventanas que ni se abren ni se cierran. Sólo de adorno, para que el sol se ponga chulo sin nuestro derecho al viento y ver la mierda del descampao que nos rodeaba. Hasta que a alguien con uniforme de aquel hospital no le diese por encender el aire acondicionado, tendríamos que sudar el encierro en una habitación nada más que beige, y sin tarjeta para la tele.

El que habría sido tu padre, de no ser porque está muerto desde entonces, me miraba algunos ratos en un rinconcito. Le hacían bolsas los vaqueros, estaba muy pálido. Seguro que no recordaba que las alubias del tupper de la nevera había que tirarlas. Tu abuela había llevado las cortinas de su salón a la tintorería. Yo pensaba, dando paseos de alanteatrás junto a la cama, que nunca había entrado en un sitio de esos, una tintorería, y que de pequeña lo decía con ene, así: tintonería.

También me preguntaba cuántos titulares se habrían probado antes de mandar a imprenta El País con esa mierda de portada, y si había que freír el jamón antes de añadir los guisantes. Guisantes con jamón... mmmm... de todo esto que pensaba en los lapsos -ya breves- de tiempo entre contracciones, la imagen de aquel plato de comida se erigió como mi no-lugar mental favorito.

- Aún así habrá que ponerle un nombre.

Eso dijo. De repente, desde su rincón. Con una voz que contenía todo el dolor, y que intentaba concederte, sin poder, estatus de persona. Una voz que no te habría hablado nunca así, con palabras de hablar con la gente, mi amor, porque nadie cree que el puré de cerebro con el que me atreví a parirte (en aquel hospital que es esta vida sin ventanas) te deje ser del todo una persona.




No hay comentarios:

Publicar un comentario