sábado, 6 de abril de 2013

Estilo

Agarró nuevamente el lápiz. Congeló el cuerpo justo después de la inspiración, asegurándose de repartir el oxígeno por todo su dentro. Estiró el papel arrugado, aplastándolo contra la mesa. Cerró los ojos apretando con ahínco los párpados, luego los abrió como platos, fijos en el papel arrugado por los embates de una madre descastada.

Estaba segura de que no tenía estilo. Estaba segura de que nadie podría adivinarle el sello a nada de lo que escribía. Y se empeñaba, una tarde más, en encontrarse a sí misma como a los amarillos de Turner, las flores de Klimt, el chorrear de Pollock.

Malditos, todos esos pósters de cuadros con firma.

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