sábado, 6 de abril de 2013

vengaváh


El jueves me até el cordoncito que antes adornaba el borde de los calcetines al pelo. Yo  sabía que a Pablo le iba a gustar y sabía que Iván no se iba a dar cuenta. Los calcetines, hasta las rodillas, tenían rayas azules y grises, y además falda vaquera y camiseta entallada de Lucía. Pablo opinó ''francesa del destape'' entre risas con los dientes amarillos de Camel, Iván opinó ''hola'' y me dio un beso sin tabaco. Le pedí un Camel a Pablo. Llevábamos todo el invierno quedando los tres en la estación de Somosaguas a las siete, y empachándonos de regalices de la tiendita del viejo. Yo no perdí el último tren del jueves, yo no ''mierda, no me había dado cuenta de que hoy se acaban a las once'', para nada. También sabía que los padres de Iván le habían prohibido más chicas en casa; matizó ese 'más': dijo que hablaban de mí, que si mis minifaldas, que si sospechaban que estábamos enrollados. Imbécil, Iván, llevo siete meses con fotos tuyas en las paredes de mi cuarto y tus padres, imbécil, sólo sospechan que me comes el coño. ''Puedes quedarte en mi casa'', ofreció Pablo, Iván dijo ''adiós'', con abrazo, arrancó la moto de su hermano.

Pablo y yo caminamos hasta su portal. Avisé a mis padres de que dormiría allí, dijeron ''vale'' y ''buenas noches'', le adoran, colgamos. Pablo tiene un flequillo que se le mete en el ojo derecho y pósters de Transatlantic. Lleva pantalones ajustados, jugueteaba con la cinta de los calcetines en mi pelo y nos intercambiábamos el cigarro. Llevábamos contándonoslo casi todo dese tercero, nos metimos en su cama. Yo debía tener muy caliente la nariz, o él muy fría, y ahora la boca le olía a Colgate, con esta luz sus dientes parecían más blancos, calculé más de quince centímetros debajo de la sábana. No voy a besarte nunca, Pablo. Necesito seguir sintiéndome especial para alguien.

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