miércoles, 9 de noviembre de 2011

nonatas o el noejército violeta


Las mujeres que vivimos solas acá estamos encharcándolo todo de silencio. Por eso tengo el oído fino, fino, como si tuviera un murciélago metido en la oreja. Y soy capaz de oírte musitar que estás escribiendo. Maldito cínico. Estamos en silencio, creo, que porque te estás olvidando de que estamos.

Hubo un tiempo en que algunas hablaron y, por eso, sabemos que sólo necesitamos que dibujes un guión: una línea recta del tamaño de un cuchillo, suspendida en el aire. Tú nos dabas un guión y de repente a una de nosotras, la que estaba más cerca o la más chiquilla y avispada, le salía un chorro de voz de la mandíbula. No volvíamos a verla; se quedaba para siempre donde lo tangible.

A nosotras nunca acabas de parirnos. Pero sabemos que conservarnos ya sólo te indigesta. Nos pones los nombres de malas ideas, te esmeras en perfilarnos los cuerpos y después los aborreces. Sin embargo no eres capaz de borrarnos, así que nos vas almacenando inéditas, y acumulas viejas que abandonaste recién nacidas. Mira a ésta; ¿la recuerdas? iba a ser una cocinera sueca que perdía el tren más importante de su vida y tiene, la jodida cocinera sueca, un boceto de lágrima a modo de hilillo por el que se le va escapando, imparable, su propia historia.

No nos das el guión, pero jamás olvidas la lengua. Las que tenemos la carne más joven a veces nos amontonamos y empezamos a lamernos para divertirte. El calor condensado de este no lugar hace que confundamos el sudor con la saliva, la saliva con los charcos de silencio. Y a cada rato una entra en el tiempo del mareo y, sin quererlo, le parte la boca un mutismo que debería ser grito mientras tirita. Alguna acude rápido a ponerle una mano entre los dientes para que muerda fuerte, y así el placer tácito se le meta para dentro hecho ruido. El ruido baja entonces por entre los músculos, como si fuese un gusano atravesando un fruto, y le llega al centro mismo y allí, se vuelve cascada que se confunde con el sudor, con la saliva y con los charcos de silencio. Seguro que nos notas. Que se te eriza el vello en nuestra ceremonia, y después lloras nuestra feminidad estéril, tu impotencia de hombre.

Pudiste hacer de nosotras un circo ambulante: a casi todas nos falta un brazo, una nacionalidad, un color favorito, una estatura. Pero te limitaste a barrernos, violento y áspero, de un lado a otro, buscando que el polvo revelase algo que sí te sorprenda.

En todo este tiempo no te has atrevido a mostrarnos. Esta es nuestra venganza diminuta.

6 comentarios:

  1. bueno, todo el texto me gusta, demasiado...

    me quedo con esto

    a que estaba más cerca o la más chiquilla y avispada, le salía un chorro de voz de la mandíbula.

    un abrazo

    ResponderEliminar
  2. Creo que es uno de los que más me ha gustado hasta ahora, por lo original de las imágenes y por la fuerza del texto, la violencia ya calmada, el reproche casi sin dolor, que esté en ese punto en el que la razón casi toma de nuevo los mandos en un viaje con retorno.

    Hay lugares comunes porque hay personas que coleccionan otras personas, clasificables o no, hay quien se empeña en romper juguetes que ya de por sí tienen una imperfección casi invisible. Yo voto porque existan si generan textos como el tuyo.

    Besos

    ResponderEliminar
  3. me encanta cómo/lo que escribes.
    palpitas arte y sangras palabras.

    diría más, pero me lo callo.

    o no, ya te lo diré en otro momento.





    ...si te vuelvo a ver.

    ResponderEliminar
  4. hace un tiempo que empecé a no decir gracias por aquí, por aquello de no autocomentarme. pero es que muchas, muuuchas gracias...

    ResponderEliminar
  5. Eh, esto es bueno. Sigues creciendo.

    ResponderEliminar