viernes, 19 de agosto de 2011

Me recibió un cuerpo rosa de mujer coronando la fachada y, al reconocerme en las formas de aquella silueta, pensé que lo que haría intramuros iba a tener más de verdad de lo que hasta entonces creí que dejaban usar en esos sitios. Rosa, rosa fucsia para colorearnos toda la feminidad que algunos me exigirían perder cabalgándoles el culo. Fucsia insistiendo en nuestra niña, en pintalabios con los que pretendían que negáramos la boca, polluelo ingrato, a las bocas que traían la comida. Yo no. Yo hasta les escupía en el centro de la lengua para que no tuvieran nunca sed y se fueran a por agua al baño, es un segundo, y al volver otra vez tener que levantársela. También mi pelo como el de la silueta; apelmazado en manojos compactos que usar de riendas o de látigos. Quise riendas. Domadores. Ceramistas con los que abandonarme a la verdad material de ser la carne entre manos ásperas. Cada vez que estuve a punto de lograrlo se presentaban en aquella habitación mis padres, abrazándose suave como si ese fuese el único abrazo. Trataba en balde de repetir su gesto contra el cuerpo que se me clavaba. Mamá venía hasta mí y me colocaba una mano sobre un hombro, papá hacía lo propio sobre el otro y empujaban, empujaban con todas sus fuerzas hasta hacer desaparecer amante y colchón y dejarme, rígida, contra el suelo, agotada ante el peso de mi propio cuerpo hecho de amor. Veía entonces florecerme por los poros sus retratos en tatuaje, la habitación preparaba una mezcla densa en el aire que buscaba inútilmente conjugar semen y amor, yo me tapaba la nariz.

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