martes, 8 de febrero de 2011

clases de cocina

Ro. (i)




Miraba cómo batía los huevos para la tortilla, con el teléfono apoyado en el hombro y su hermana (y sus sobrinos y los clientes de su hermana y sus citas con el inepto del médico de cabecera) embistiéndole el tímpano. Clac clac clac contra el plato sopero. De vez en cuando alguna mirada rápida, con esos ojos redondos pidiéndome perdón y yo le sonreía, movía un poco la cabeza como cuando quieres decir ''no pasa nada'' pero no lo dices. Tenía catorce mechones prófugos de la coleta; parecía que acabara de despertarse de la siesta, a las doce de la mañana. ''Por la tarde imposible, tengo que ayudar a los niños con los deberes''. Clac clac clac cadencioso. Me había explicado que para que quede más esponjosa es mejor batir primero la clara. Yo quería rescatarla porque la decidí infeliz. ''Ya eres casi un hombre''; la muy idiota, yo cuidaré de ti, no voy a dejar que te salgan arrugas y llores la vida que te ha faltado.

''¿Y se gana dinero, cocinando?'', me preguntó una vez. ''Tengo un amigo que está de pinche en La Barranca y se saca sus quinientos al mes''. ''Yo con eso no tengo ni para la luz''.

La luz a las doce de la mañana en su cocina. Tenía la piel tan blanca que parecía a medio hacer, con aquellas pecas de canela lanzándose en cascada por su escote. Me cobraba ocho la hora y estábamos a punto de llegar a los postres. Ya casi nunca mandaba recuerdos para mi madre. Clac clac clac ''mañana te llamo, un beso''. No le di tiempo a girarse para decir ''lo siento, de verdad, cuando se pone a hablar no hay quien la calle''. Me abracé a su cuerpo pegando la nariz a su nuca y olía a tostadas. Pensé que iba a asustarse que me iba a empujar lejos de ella tocaba un crash, el plato hecho añicos los añicos pringados de huevo. Pero lo dejó con cuidado sobre la encimera. Subí las manos hasta sus tetas.

No me abrió la puerta el miércoles siguiente. No volví a intentarlo. Tenía la piel tan blanca que fue como atiborrarme de harina. Espesa. Si comes mucha harina cruda se te hace una bola compacta en el estómago. Esa bola cobra vida y no para de pedirte alimento, todo lo que tragas se incrusta en ella y tú cada vez más enorme hasta que un día revientas, en diciembre. Decidí que era terriblemente feliz sola.

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