domingo, 10 de octubre de 2010

Javier

Le vio al final de la cola mientras esperaba el autobús, con una maleta de viaje, pequeña, la camisa bien planchada y zapatos brillando betún. Le reconoció porque, detrás de esa apariencia de hombre, Javier seguía siendo el adolescente pecoso y delgaducho que le había advertido, doce años atrás, de lo mal que besaba. Luego había metido la lengua, tímidamente, en su boca, y los dos se dedicaron a hacer círculos con los labios pegados hasta que aquella noria empezó a marearles. Y a aburrir. Nunca se quisieron, ni un poco solamente, pero a ella le encantaba que Javier le escribiera notitas en matemáticas y, sobre todo, que no le gustara su amiga Marta.
Estaba unas diez personas atrás, mirándoles a todos desde su metro ochenta y algo sin demasiado interés. Probablemente venía al pueblo a visitar a su madre, y viviría en una gran ciudad y se pondría esos zapatos para dar conferencias importantes. Se alegró de estar guapa, había pasado la noche con el tipo aquel del viernes anterior e iba bastante arreglada para la ocasión. Pensó que, de ese modo, a Javier le agradaría más verla, se sentiría orgulloso de haberle metido la lengua entre los dientes y la mano por debajo de la camiseta. Le frenó, nadie le había tocado ahí antes. ''¿Ni siquiera por encima del sujetador?'', ''Ni siquiera. Y no te rías, capullo''.
Javier la vio. Durante unos dos segundos, luego giró la cabeza hacia otro lado. Continuó, impasible, en su nube apática.
A ella no debió molestarle tanto. Él tampoco había sido importante en su vida. Pero Javier ya no era Javier, Javier era todos los niños que besó de adolescente, todos sus polvos de baño y sin nombre, todos los amigos que metía en su cama. Javier era todos los chicos y todos los hombres. Y no la miraba, no la deseaba, no la quería. Se giró bruscamente y, en apenas dos zancadas, estaba frente al pecoso de la maleta, que la observaba inquieto. ''Damos asco'', sentenció, y salió de la estación.
Después de un cigarro y medio supuso que el autobús debía haberse ido, con Javier y con todos sus fantasmas dentro. Así que marcó el número del tío con el que había pasado la noche.
- ¿Me quieres?-dijo nada más escuchar su voz al otro lado.
- ¿Cómo?
- Que si me quieres, un poquito.
- Ehm...no me ha dado tiempo, tía.
- ¿Eso significa que puedes llegar a quererme?
- ...Puede...sí, eso nunca se sabe, ¿no?
- Voy para allá. Y voy a enseñarte a que me quieras, ya verás, y no voy a ser un pedazo de carne y tú vas a ser lo más importante para mí no podemos dejar que se joda, ¿vale?, voy a darme de verdad y vas a tener que prometerme una cosa, ¿vale? ... ¿vale?

4 comentarios:

  1. No se puede coger a alguien por la solapa y decire "me tienes que querer". Pero es lo que solemos hacer cuando la mano de hierro de la soledad nos aprieta el cuello.

    A todos los Javier del mundo, no sé, ilatina, creo que no les deberíamos hacer caso. Ya sé que es ficción pero yo... yo sé que nadie nos va a querer por darnos hasta el fondo. Nadie nos va a querer nunca si no nos queremo primero ¿te suena?

    Creo que tú también entiendes bien el alma humana, sus contradicciones, sus paradojas, sus sinsentidos.

    Sólo eso, i, me gustan tus escenas

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  2. Me suena, sí, y estoy deacuerdo.
    A veces me da por pensar en lo que suponen ese tipo de historias, en hasta qué punto son realmente tan intrascendentes como las queremos ver. Y supongo que todos nos hemos sentido, en alguna ocasión, como un trozo de carne. O hemos usado a otro como si lo fuera. Y hemos pensado ''¿qué hago besando a este tipo?'' o ''qué mierda saber que va a quedarse en esto''.
    No sé, sigo sin tener claro cuánto importan todos esos líos sin importancia. Cuánto nos aportan y cuánto nos quitan. No sé. ¿He dicho ya que 'no sé'?

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  3. Muchas gracias, Julio. Sabes que valoro un montón tu criterio. Y qué bien que te pasees por aquí.

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