lunes, 12 de abril de 2010

El chico de la cafetería



Ese chico de la cafetería de la facultad ni siquiera se dio cuenta de cómo le miraba. Estaba absorto en su pedazo de periódico, al que, a juzgar por su delgadez, debían de faltarle al menos la mitad de las páginas. De vez en cuando, echando una ojeada furtiva hacia la mesa, atinaba a coger su vaso blanco de café y se lo llevaba hasta la boca para darle un sorbo. Ella no tenía clase hasta las cinco y había decidido llenar esos tres cuartos de hora con una caña de chocolate y zumo de melocotón. Además, todavía le quedaban ochenta páginas del libro que estaba leyendo. Se sentó en una de las mesas que tiene ventanal, esas que dan al césped de la parte trasera del edificio. Apenas abrió la novela se le clavaron los ojos en él. Su parecido con Fer era asombroso. Quizás por la mirada, un poco rasgada sin llegar a ser oriental, de color miel oscura. Pero no se trataba sólo de eso: aquel chico llevaba un corte de pelo idéntico al de su novio, y el tono era muy similar.

Lucía miraba al desconocido del periódico arrugado y se pensaba pasándole los dedos a Fer por los mechones de la nuca, impregnándose de toda esa suavidad y del olor a Fructis de Garnier. Se fijó también en su nariz, respingona sin llegar a resultar femenina. La de Fer puede que fuera, quizás, algo más ancha por arriba, pero sin duda se parecían un montón. Los labios del chico de la cafetería eran un poco más gruesos que los de su novio, y apenas abría la boca para dar esos pequeños tragos al café, así que Lucía no consiguió verle bien los dientes. Pero, por lo que intuía, también esa boca era extraordinariamente parecida a la que había besado anoche. Pensó en cuánto le gustaban los besos de Fer, en sus mordiscos, en su manera entrecortada de reírse. Y sintió una curiosidad inmensa por saber cómo se reiría su cuasi-doble de la facultad. Cuando miró el reloj de Fanta de la pared se percató de que había pasado cerca de media hora sin hacer otra cosa que mirarle. Se ruborizó, clavó la pajita en el brick de zumo y trató de concentrarse en la lectura.

A las doce y treinta y tres Fer le recorría el vientre con la lengua. A y treinta y cinco entró en ella, y gemía al lado de su oreja haciendo ruido todo su placer. Lucía se ahogaba, fruncía el ceño, le apretaba fuerte la espalda con los dedos.

-Enciende la luz- le pidió, casi suplicando.

Él se levantó de la cama, pulsó el interruptor y regresó con cara de seductor. Lucía abrió bien los ojos, se esforzó por no cerrarlos un instante, reconoció la cara y el cuerpo de Fer sobre su cuerpo. Sólo así consiguió dejar de hacer el amor con el chico de la cafetería.

1 comentario:

  1. Que difícil es ponerle nombre a los personajes. Creo que era Vila-Matas el que a veces reutilizaba los mismos nombres para sus libros... No lo recuerdo. Y me ha gustado el final, redondo.

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